La niña miraba a sus padres. Ambos estaban sentados a la mesa del comedor, las manos cruzadas en señal de oración, los ojos apretados que acentuaban las incipientes arrugas a su alrededor.
La casa era humilde. Afuera estaban el gallinero, donde ella iba con su mamá a recoger los huevos todos los días, un par de chanchos y una vaca en el corral hecho de maderas nudosas. Una huerta pequeña se hallaba cerca con las hortalizas necesarias para alimentar a la familia.
Todo les había costado mucho trabajo y esfuerzo. Ahora la familia había recibido un nuevo integrante. El hermanito menor descansaba en su improvisado moisés y casi ni lloraba. Se escuchaba su vocecita con algún quejido pasajero y los murmullos de sus padres que rezaban.
Ya les habían dicho que había que evacuar. Las fuertes lluvias que hacía días arreciaban la zona se habían cobrado en las cercanías la vida de muchos animales, inundado granjas y destruido las estructuras de las precarias casas. No había opción, tendrían que dejar su hogar para salvar la vida. Se le hacía un nudo en la panza y tenía el corazón en un puño al ver a sus padres así.
Deseó con todas sus fuerzas verlos felices otra vez, entonces la pequeña percibió un cosquilleo en sus manos y, aunque no sabía todavía rezar las oraciones como lo hacían sus padres, su alma le decía que un milagro podía llegar a ellos. Ella no sabía lo que era un milagro, solamente en su infinito amor por su familia albergó un fuego en su corazón y sintió algo indescriptible.
Se miró las pequeñas manitos y luego el moisés donde se hallaba su hermano. Se acercó y le tomó una de las manitas, aún más diminutas. El bebé apenas si se movió, sonrió pacíficamente y la miró fijo. Ella, con la otra mano alcanzó a su madre, quien se sobresaltó tan ensimismada estaba en su plegaria.
Miró a su hija sorprendida pues la vio sosteniendo la mano del bebé. Entonces en un acto reflejo, descruzó las suyas y tomó con la derecha la de su hija, con la izquierda aferró la de su esposo. El también azorado no comprendía lo que ocurría. Vio a su esposa y a sus hijos y sintió un amor infinito. En aquel instante los adultos retomaron la jaculatoria y la entonces niña se limitó a cerrar sus ojos como lo habían estado haciendo sus padres.
La oración, que hasta entonces había sido para pedir que las lluvias cesaran, se trasformó en una plegaria de agradecimiento. Tal era la gratitud de aquellas personas por la familia que habían formado, el amor de todos los integrantes por los otros y por la vida misma, que perdieron el miedo a lo que pudiera pasar.
El padre se acercó al moisés, sujetando con la mano que tenía libre la que el niño movía de forma incesante; el círculo se había cerrado. La niña, al ver que todos estaban tomados de las manos, sintió una profunda emoción y una lágrima rodó por una de sus mejillas, una sola lágrima… Al instante la lluvia cesó y ellos, sumidos en un profundo silencio, siguieron orando absortos en la gratitud y la esperanza.
Si alguien tuviera que contar esta historia diría que aquella lágrima derramada, no por dolor sino por dicha, contenía todas las lluvias que se habían disipado del cielo, en un acto de amor, para empapar de alegría la mejilla de una niña.

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