A Merced del Silencio - MICRORRELATOS


Como tantas otras veces, la joven volcaba sus pisadas quebrando el silencio casi sepulcral de la noche. Esta vez sin embargo, desde hacía rato, sentía que alguien la seguía. No podía oír sus pasos, pero sí su agitada respiración cada vez más cerca.

Apuró la marcha y el sudor le pobló la frente. Con el corazón desbocado sintió como si le rozaran la espalda, entonces echó a correr. Con dificultad y sin aliento logró llegar a su casa; sus dedos se debatían en un frenético temblor, pero logró abrir la puerta y entrar. Ya a salvo, con la boca seca y la vista obnubilada, la joven se dejó caer en el sofá. 

Más tarde esa noche, acostada en su habitación, rezó agradeciendo el haber escapado de aquel acechador. Al mismo tiempo que ella con sus manos entrelazadas y sus ojos cerrados oraba con fervor, una mano pútrida y fantasmagórica abandonó el cristal en el que había estado apoyada, dejando una huella húmeda y restos de piel en la ventana. Aquella medianoche, ahogado por la lluvia, nadie pudo oír el grito sofocado de la joven. 

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