Se incorporó y caminó hacia la ventana, Su paso decidido, enérgico, destilaba determinación, confianza y seguridad. Con ambos brazos separó el cortinado que cerrado, cubría los cristales del ventanal.
Detrás, los colores fulgurantes de la vida misma asomaron, y golpearon su rostro con una fuerza vital tan deslumbrante que la luz que irradiaban penetró en sus ojos y colmó el interior de su mente y su alma de una renovada vivacidad.
La realidad escondida tras aquellos paños, la insufló de ansias de vida y aventura, devolviéndole los bríos y la sed de nuevas emociones. Los pensamientos grises que habitaban recónditos lugares de su ser, fueron expulsados y el pesado telón se vio despojado de todo poder, y se volvió liviano.
Terminada la macabra ensoñación en la que acabó sumida sin darse cuenta, la vi renacer; yo fui testigo. Ella pidió ayuda, luchó y venció, pero que conste que fueron sus manos las que descorrieron el lienzo.

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