La Máquina - CUENTO


Abrí los ojos y vi un poco de luz que se colaba por las ventanas de la habitación. Fui hasta el despertador y volví a la cama, tapándome con la manta y haciéndome un ovillo, operación ésta que se repite varias veces cada mañana. Cuando vi que ya era una hora en la que no podía volver a ovillarme, me vi forzada a apagar el despertador y comenzar el día. Hoy, sin embargo, después de practicar este ritual me dije: “¿Cuándo me convertí en una persona tan perezosa que apaga el despertador siete veces, sí, siete antes de levantarse, cuando abajo me espera mi marido con un café con leche y tostadas calentitas?” 

En ese mismo instante me doy cuenta de que la máquina ya se puso en funcionamiento. Digo máquina porque sólo así puedo describirla. Antes no era así, antes es hablar de hace por lo menos diez años sino más, antes era el alma la que tomaba protagonismo, no la mente. 

Y ahora ya estoy levantada y voy al baño, me miro al espejo y quizás es ahí donde todo comienza, todo este enjambre de ideas y pensamientos que fabrica la máquina. Se van moviendo sus engranajes… ¡Ay, qué rápido que toma velocidad! Después me pregunto “¿cómo haré para frenarla?”. 

Contemplo mi rostro reflejado y pienso… Pienso que tengo granos nuevos, manchas de granos viejos, que me tengo que depilar ¡ya de nuevo!, que las ojeras se me notan cada vez más, etc., etc. Este es el rito de las quejas, sí, descubro que soy una quejosa, que critico que los pantalones del año pasado ya no me entran, que me pongo siempre la misma ropa para ir a trabajar, que la puerta del placard no se desliza bien y se traba, y ahí, sin darme cuenta, estoy inmersa en las quejas sobre la casa. 

Empiezo a observar en mi recorrido hacia la cocina las imperfecciones que me rodean; pienso qué rápido que se acumulan el polvo y los pelos de las mascotas, qué velozmente vuelven a aparecer las telarañas, que hay que arreglar la humedad que hay en algunas paredes, pintar la casa de arriba abajo, terminar de colocar madera en la escalera, arreglar el baño que pierde, etc., etc. Y ahí estoy otra vez, en medio de la maraña, cuando me invade afortunadamente, un momento de lucidez, momento en el que me pregunto… “¿Quién es esta persona descontenta que ve todo lo que está pendiente y que sólo tiene en cuenta lo que falta hacer y lo que todavía no se completó?” Así, es que adquiero un poco de luz sobre tanta sombra, pero sin más, la máquina continúa con la tremenda y temida lista de “Pendientes”. ¡Que agotador! ¡Con razón estaba tan cansada! 

¡Y ni hablar de los miedos, sí, los miedos! Esta persona que se reflejaba hace poco en el espejo del baño tiene miedo de desmayarse en el dentista o cuando le sacan sangre, tiene miedo de que alguien la juzgue mal, la critique, tiene miedo de equivocarse, de decir que no a alguien que quiere y que esta persona se enoje, o se sienta herida; teme no ser lo suficientemente simpática, agradable, inteligente; tiene miedo de que lo que el futuro le pueda traer que no sea bueno, de que una pastilla le haga mal, miedo de sufrir, miedo de no llegar a fin de mes tal vez, tiene miedo de que él se canse de ella por ser no sólo cobarde sino también quejosa, etc., etc. Le teme al miedo mismo diría yo. Y lo peor, es que estoy descubriendo que esta persona soy yo. ¡Qué triste! ¡Con razón estaba tan agobiada! 

Luego de tanta idea circulando por la máquina, me detengo un segundo y me vuelvo a preguntar: “¿Cuándo me convertí en este ser asustadizo que le teme a la vida?” ¡Por Dios, despertate ya!, me digo, ¡Si eras tan feliz, tan inocente, tan valiente, tan arremetedora, tan conquistadora de todo lo que te proponías, volvé, volvé a ser vos, la que lo conquistó, porque sé que estás ahí, escondida atrás de algún mecanismo, de alguna pieza, pero ahí estás! 

Mientras tomo el desayuno dejo todo pensamiento de lado, pero no se crean que ahí termina la máquina, es sólo temporalmente, es que en algún momento tenía que recargar, o cómo creen que llegué hasta acá con tanto desgaste. 

Es hora de ir a trabajar y subo a cambiarme. Mientras me visto, la máquina que estaba en pausa, reinicia su marcha y pienso “¡Cómo me gustaría cambiar de trabajo, ya estoy cansada, han logrado hartarme, y pensar que cuando empecé era todo energía y dedicación!” Mientras pienso esto, sueño también con que quiero una casa nueva, eso sí, un poco más chica, así es más fácil de mantener, considero también que quizás habría que cambiar los muebles y comprar algún que otro electrodoméstico que necesitamos, estoy segura que hay muchas cosas que hay que renovar. 

Y automáticamente me viene a la mente la imagen de cuando oír cualquier chiste malo me hacía reír, de cuando escuchar una de mis canciones favoritas me hacía bailar de inmediato, de cuando ver una película emotiva, salir con mi amigas, amarme con mi pareja era todo lo que me importaba. Ahí, en ese momento, el remordimiento me recorre el cuerpo en forma de escalofrío y me digo que me he convertido en una persona pretenciosa, que bordea cada tanto el límite con la envidia, en una persona negativa, ansiosa, estresada, que vive con un pie en el pasado y otro en el futuro. ¡Qué feo! ¡Con razón no podía respirar! 

Se me pegó todo lo malo que me rodeó en el camino este último tiempo, me di cuenta que perdí la capacidad, la maravillosa habilidad que siempre había tenido, la de ser yo misma, aislada de lo malo y lo obsoleto del mundo, siempre tomaba del camino lo bueno, lo positivo, lo bello, lo hermosamente noble, inocente y puro, ¡y era feliz! Pero lo bueno es darse cuenta, aunque haya recorrido esa parte del camino de la mano de la máquina, fue sólo por un tiempo. 

Hoy me doy cuenta y entonces doy las gracias por haber salido airosa de varios momentos difíciles y por haber disfrutado de varios momentos hermosos, agradezco todo lo que tengo y lo que soy, y el amor que hay en mi vida. Me doy cuenta que soy humana, que tengo debilidades, que cometo errores, que trato de hacer lo mejor posible y de vivir plenamente. 

Después de un día de trabajo como cualquier otro, vuelvo a casa y me siento a la compu para desenchufarme un rato. Cuando estoy a punto de sorber mi café con leche escucho el ruido de las llaves en la puerta, y el corazón comienza a latirme fuerte, alegre, se me dibuja, sin pedir permiso, una sonrisa en el rostro y me acomodo el pelo atrás de las orejas para arreglarme un poco… Ahí aparece él, me mira con sus grandes ojos, me besa y me dice: “Hola pipina ¿Cómo te fue hoy?”, y yo esta vez, contesto: “Bien, ¿y a vos?”, y por adentro pienso “Sólo bien, nada de quejas” y entonces me digo “Bienvenida, estás de vuelta”… y acto seguido apago la máquina. 

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