Varias veces había intentado obtener una respuesta de su parte, sin embargo, todos sus intentos de contacto quedaron truncos. Los años pasaron y jamás le llegó una nota, una postal, una carta.
¿Dónde estaría, con quién, haciendo qué cosa? Si pudiera saberlo calmaría su corazón, sus ansias, su incertidumbre. ¿Cómo se vería su rostro ahora? ¿Qué experiencias había vivido? Nunca imaginó estar alejados tanto tiempo, sin noticias, sin saber…
Un día, al volver del trabajo encontró un paquete en la puerta de su casa. Una caja mediana atada con un cordel. En letras de imprenta, su dirección. Y el remitente, con esa bella caligrafía… ese nombre tan repetido en su mente, tan buscado, tan perdido, tan amado.
Cuando abrió la caja, sus manos temblaron. Un pequeño pilón de cartas asomó al caer la tapa. Sobres de distintos tonos de blanco y amarillo tomaron aire por primera vez en mucho tiempo. Con evidente prisa y angustia los tomó descubriendo que aquella persona lo había pensado, lo había sentido, quizás tanto como él lo había hecho. ¿Por qué razón no las había enviado?
De la última carta, que no era de la misma persona, supo que ya no vivía, y su corazón se estrujó como en un puño. Desdibujado por las lágrimas alcanzó a ver otro pilón de cartas; eran las que él le había escrito; las tomó entre sus manos. Cuando las hubo abierto, vio sin embargo que las hojas estaban en blanco. En ese instante, como un bálsamo, una voz le susurró en el oído para decirle:
“Las he leído tantas veces, que me he bebido las palabras. Las llevo conmigo. Ahora que finalmente has leído las mías los Ángeles me han concedido verte una vez más... ¡Mi sueño más añorado! Ya no esperemos, por favor, date la vuelta”.

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