Habían pasado años, muchos años desde que estuve por última vez en la casa de mi infancia. Después de que me casé, me mudé a otro barrio y supe que papá y mamá la vendieron para mudarse a un lugar más chico, ya que eran solo ellos dos y costaba mucho mantenerla.
Cuando me fui me llevé mi ropa, mis carteras, zapatos y mis preciados libros. Comencé mi propia vida de casada, tuve dos hijos y un marido adorable que ya no está aquí pero sé que me está esperando. Mis hijos me han dado además, cuatro nietos hermosos y buenas personas.
El otro día la mayor de mis nietas me llamó para contarme que ella y su marido se van a mudar ya que pronto buscarán agrandar la familia, lo cual me pone muy feliz, sin embargo, la emoción de ese día sería a causa de otro motivo.
Quedamos en que esa misma tarde me llevarían a conocer la casa para ver qué opinaba, ya que era una edificación muy antigua y había mucho por hacerle. Me pareció bien desde el principio, porque los cimientos de las viejas construcciones se hicieron con materiales mejores que los de ahora. Acepté gustosa, colgué el teléfono y me fui a dar un baño; una hora después los esperaba lista.
Cuando estábamos acercándonos al lugar me dijo “falta poco abu” y yo le comenté con un poco de melancolía “¿Sabés nena?, yo vivía por acá cuando era niña”. De pronto, el auto se detuvo. El muchacho me abrió la puerta y me tendió la mano para ayudarme a bajar.
Allí estaba, frente a mí, la casa de mi niñez. Sentí los ojos tibios y se me humedecieron apenas las mejillas, de las que me sequé rápido las lágrimas porque no quería preocuparlos. Me invadió una alegría inmensa. "Vamos abu”, me dijo, y entramos los tres.
"¡Querida, qué sorpresa!", exclamé cuando por fin pude hablar. Pasamos un rato recorriendo la vivienda. Les conté de algunas travesuras que no me pudieron imaginar haciendo, y cómo estaban destinados y amoblados los ambientes. En medio de mi relato, mi nieta me dijo:
- Aquí abu, hay algo que encontraron los dueños anteriores al mudarse, caído debajo de un armario viejo. No quisieron tirarlo pero tampoco llevarlo ahora que se fueron. Sintieron que pertenecía aquí a ningún otro lugar… - y me mostró una hermosa y pequeña cajita de música -.
- Esa cajita de música me la regalaron mis padres cuando cumplí mis 15 años. La adoraba, era lo único que no me había llevado al irme, pensé que la había perdido. ¡Gracias tesoro, no sabés lo feliz que me hace tenerla de nuevo en mis manos!
Me llevé la cajita a casa. Llegué, la limpié suavemente y la puse en mi mesita de luz. La abrí y, para mi sorpresa, funcionaba. La bailarina daba vueltas y vueltas, mientras yo me ponía el camisón. Me acosté en mi cama mullida y calentita. Creo que me he quedado dormida, porque siento que la música y yo somos una sola y ahora echo a volar.

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