Era 5 de septiembre. La fiesta de los mellizos estaba por comenzar. Los globos, los paquetitos con caramelos para los niños, la comida, la bebida, todo estaba preparado. Anita con su vestidito blanco con pequeños lunares negros y Juancito con su tierno pantaloncito negro con tiradores y camisita blanca.
Cumplían cinco añitos, que para los padres habían sido los más hermosos de la vida, pero que también habían representado un agotador desafío ya que criar mellizos era una tarea de lo más demandante.
Así habían lidiado también el día del cumpleaños para que se pusieran la ropa porque querían andar con los pantaloncitos y remeritas de siempre y en zapatillas, ¡no señor! Y ni hablar de la lucha con Anita que no quería trenzas sino usar el cabello suelto y además el berrinche de Juan que odiaba los tiradores.
Finalmente, vestidos, peinados y perfumados bajaron al living a festejar con los amiguitos y con “los grandes”, cada grupo en una mesa. A Dios gracias todo discurrió con relativa tranquilidad, pero llegado el momento de la celebración donde se trae la torta, la calma se transformó en tormenta.
Se apagaron las luces y la mamá entró con el pastel en brazos, las velas encendidas y la música de cumpleaños de fondo. El enojo de los hermanos al ver que tenían que compartir la torta y las velas fue tal que no hubo forma de contentarlos. Los padres les dijeron que hasta que no aprendieran a compartir ni soplarían las velitas ni comerían la torta.
Sentados en un sillón, de espaldas y haciendo puchero, se limitaron a hacer la protesta que, se habían prometido, duraría toda la vida o hasta que les dieran un pastel a cada uno. Y así fue… Los 15 minutos más largos de sus vidas, hasta que ambos, con las mejillas mojadas y las narices rojas por el arrebato, se acercaron a la mesa y soplaron fuerte, las manitos juntas y apretaditas en una tregua.

Muy lindo!!
ResponderEliminarTe escribí Ximena muy lindo
EliminarMuchas gracias Felisa. Un cariño.
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