Cierto es que la vida de cada uno de nosotros es una historia en sí misma. Esa historia varía tanto de individuo en individuo que las cosas más inverosímiles llaman la atención de los unos a los otros. Así sucedió en la vida de Lucía y Fabián, dos sexagenarios que viven edificio por medio en el barrio de Villa Pueyrredón, con una antigua y desgastada casa que ocupa el terreno central entre ambos.
Se conocieron en el súper que queda a dos cuadras de sus casas y descubrieron que vivían así de cerca. Cuando coincidían en aquel comercio él aprovechaba la oportunidad y la acompañaba hasta la puerta llevándole las bolsas. Ella, por su parte, primero se negaba y ante la insistencia de él, cedía.
Varios meses pasaron desde ese primer encuentro y ninguno se había atrevido a dar un paso más allá, ella menos porque eran chapados a la antigua, “el hombre siempre da el primer paso”, pero era evidente, en los ojos de los dos, que algo más que cordialidad vecinal los unía.
Un día Fabián se animó y le tocó el timbre a Lucía…
- ¿Y cómo sabes que me gustan las plantas? ¿Te lo dijo Clara, del lavadero? – le preguntó ella -.
- No. – contestó él bajando la mirada – Lo que pasa es que todos los días salgo al balcón para verte regar las plantas y veo que les hablás. Te deben de gustar mucho, por eso te compré una, con flor y todo mirá, pero siento vergüenza de que confesarte que te busco con la mirada cada tarde. Admiro tus movimientos suaves, tu gesto dulce, tu andar.
Ella se sonrojó y le dijo: - Esperame acá.
Fabián quedó intrigado y preocupado, pensando qué le diría ella al volver, creyó que no era una buena señal.
Al regresar, Lucía traía en las manos un libro envuelto para regalo.
- Debo admitir que te sé fanático de la lectura… - El abrió grande los ojos y dijo: – No te lo comenté nunca.
- Lo sé… – titubeó antes de decir casi en un susurro - Te veo leyendo afanosamente en el sofá del living por las noches, veo el entusiasmo en tu cara.
El le ofreció una sonrisa amplia y sincera. - ¿Tomamos un café? – Le tendió una mano y ambos espías echaron a andar al atardecer con un libro y una flor.

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