Después de la jornada de trabajo se encontraron en la puerta y se propusieron ir juntas. Hasta aquel día habían viajado cada una por su lado, pero algo les dijo que compartir el camino lo haría todo más llevadero y así la aventura subterránea comenzó.
Las tres mujeres - la morocha, la castaña y la rubia - dirigieron sus pasos a las sublimes escaleras que llevaban a aquel túnel del terror. El calor sofocante, que semejaba al mejor de los saunas de la capital porteña, las abrazó como intentando agobiarlas para que considerasen elegir otro medio de transporte y así se evitaran el suplicio. Sin embargo, las divas no se dejaron apabullar y continuaron su derrotero.
A pesar de la opresiva atmósfera, que sólo les logró sacar un “¡qué calor!”, nada les movió el eje. El diálogo, que mantenían desde que se subieron al ascensor del trabajo, había continuado de manera ininterrumpida por la escalera mecánica y el andén, porque nada era tan importante como transmitir la agotadora y rutinaria jornada que habían dejado atrás, haciendo catarsis.
La formación arribó al fin y, sin dejar de ejercitar la lengua, el trío subió al vagón buscando de forma desesperada - "anque" camuflada de perfectos modales - un asiento para tres para caer entonces descangalladas, sin importar que habían estado sentadas gran parte de la jornada, y qué.
Después de acechar con mirada de halcón cada rincón del vagón se dieron por vencidas, maldiciendo para sus adentros que ninguno de aquellos sátrapas se bajara en la cabecera del recorrido para dejar libre un asiento. Pues bien, ahora obtendrían su merecido y acto seguido se dedicaron a spoilear las ultimas series de la programación por Streaming dejando latentes los oídos de aquellos viajantes desprevenidos.
Que el empujón que recibieron estación tras estación de parte de aquellos que, como ganado, empujaban con la cabeza gacha y dando empellones con las caderas y los hombros no les causara mal humor era algo sorprendente, sino que además, más bien las hacia reír de tal forma que se juntaban las lágrimas producidas por la risa que les provocaba aquella guerra de cuerpos con las gotas de sudor que insistentemente amenazaban con empapar por completo la frente de las aguerridas damiselas.
Cuando creyeron que el aire ya no les entraría en los pulmones debido a la compresión que estaban sufriendo, dos cosas sucedieron al mismo tiempo, que casi lograron desestabilizar a más de uno y hacer de esta travesía el viaje mas peligroso de la city porteña. Dejaré a criterio del lector juzgar qué fue lo más terrible: Que un vaho apestoso subiera por entre las piernas de los pasajeros hasta alcanzar sus fosas nasales ocasionando que uno de ellos soltara un “puffff, qué hijo de p….”, o que la voz del motorman anunciara sin tapujos “línea B con demora debido a un desperfecto técnico en una formación”.
Luego de escuchar bufidos, quejas, palabrotas e improperios, varios se dieron por vencidos y abandonaron el tren optando por llegar a destino en otro medio de transporte. El trío, sin embargo, sabía de las manganetas de los metrodelegados HDP, y esperó y esperó. Luego de un tiempo que no se sabe cuánto duró, les llegó la recompensa cuando algunos asientos se desocuparon brindándoles la posibilidad de sentarse, secarse las gotas de transpiración y seguir la plática que las había mantenido en ese mundo paralelo, salvador y protector, que las alejaba de la realidad que amenazaba con hacerlas sucumbir.
Pasados todos los inconvenientes y reiniciado el servicio, llegaron a la estación donde dos de ellas debían bajar. Con una sonrisa, un abrazo y un deseo de buenas noches se despidieron prometiéndose que al día siguiente volverían a repetir la misma aventura porque a una amiga no se la deja sola en esa jungla, esa, desafiante y abrumadora pero fatalmente divertida selva metálica que solo las amigas subterráneas saben disfrutar.
(Para: Clara De La Canal y Débora Rodríguez)

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