La cita estaba pactada para las cuatro de la tarde. Me vestí gustosamente para esta esperada ocasión. Sé que te gusta que tenga la barba recién rasurada, la loción de siempre perfumando mi piel y el pelo peinado hacia atrás, escondido tras la boina.
Mis manos arrugadas, están suaves; siempre que recorro tus delicados cabellos me regalas la más deslumbrante sonrisa. El brillo de tus ojos acompaña el gesto, tu semblante tan sincero no puede ocultar la felicidad del momento.
No puedo creer la tersura de tus manos, así como la fuerza que a veces contrasta la delicadez de tus movimientos. La ilusión que te hace el verme me maravilla, me llena de vida y de una profunda alegría.
Sé que lo mismo te pasa, aunque no me lo expreses con palabras muchas veces. Sin embargo, tus abrazos lo demuestran sin mesura, cuando me arrojas los brazos al cuello, me acaricias la barbilla, o nariz con nariz me devoras con la mirada de esos enormes ojos vivaces.
Si, hoy la distancia que nos separa se acorta, con el pasar de los minutos se va evanesciendo. Poco a poco te siento, el calor de tu cariño ya casi me envuelve. Estás a la vuelta de la esquina. Oigo tu risa, es la vida misma que me habla y viene a mi encuentro.
Te veo correr hacia mí. Sueltas la mano de tu madre… Te recibo en el más conmovedor y esperado de los abrazos. Mientras despeinas mis prolijas canas me dices tiernamente: “Abuelo…” .

Muy profunfo.
ResponderEliminarSon raices.
Y LA SANGRE * MANDA.
Gracias Pa. :)
EliminarMaravilloso relato!! Tierno...movilizante..
ResponderEliminarGracias Alicia.
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