El Rostro de la Fe - RELATO BREVE


Salí de casa pensando en muchas cosas. Cosas que habían pasado, cosas que podían pasar, lo vivido y lo por venir. Me costaba disfrutar el presente. Esa costumbre, mala por cierto, de no vivir el hoy. La preocupación y la angustia que a veces saboreamos sin querer, por culpas, remordimientos o sinsabores que nos han dejado los días viejos del calendario. Otras veces nos invade la incertidumbre que inevitablemente nos llega de manos de un mañana aun sin ser parido, pensando cómo haremos tareas postergadas que no sabemos cuándo sucederán y a las que tememos sin saber siquiera si algún día llegarán a ocurrir. 

Me sentía atribulada de tanto que corría por mi mente. El presente además no se apiadaba de mí ni de ninguna otra persona con esta realidad de un virus que llegó de sopetón y para quedarse por ahora por tiempo indefinido, trastocando marcadamente el día a día. Sin embargo siempre salgo a flote y alcanzo a sonreír y ser yo misma nuevamente. 

Puedo ver lo lindo de la vida, el amor que hay en ella y que me llega de tantas formas. El amor de mi marido, de mi gata y de mis amigas que, a la distancia, siempre están. El rostro tan preciado de mi madre y sus caricias virtuales tan necesarias. El saber que mis mi hermanos y mi padre están bien cuando su voz me llega ocasionalmente por teléfono. 

Y qué decir de la luz y el calor del sol que aunque haya nubes igual está y me entibia el corazón. El trino de los pájaros, el viento que mece las ramas de los árboles, el borboteo del agua de un arroyo o una fuente y la risa lejana de los niños y los que ya no lo son tanto. 

Así, iba mirando sin mirar, caminando por la vereda soleada de mi cuadra llegando a casa cuando, de pronto, me sentí observada. Levanté la vista y busqué a mi alrededor algo, alguien. Lo vi, iba caminando por la vereda unos pasos delante de mí en sentido contrario. Se acercaba de a poco. No pude pestañear. Me quedé mirándolo como embelesada. Me sentí feliz y a salvo, como si un peso me abandonara y me quedara liviana. 

Quisiera decirte exactamente cómo era y qué sentí pero no se compara al haber estado allí. Tenía en sus ojos la paz del mundo y en su sonrisa la esperanza más hermosa. Sus ojos claros no supe de qué color eran. Su barba y sus cabellos cobrizos le enmarcaban el rostro sin ocultar la humildad y el amor que de él brotaban. Pasó a mi lado y ambos seguimos sin detenernos. 

Entonces, me di vuelta como para decirle 'Gracias'. No sé por qué pero así lo sentí. Ya no estaba. Juro que no pasó más de un segundo, sin embargo ya no lo vi. Saqué la llave y sentí una mano en mi hombro y como un susurro un “aquí siempre estoy”.


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