Era domingo, un hermoso y soleado día de otoño, todavía no muy frío. Me levanté sabiendo que íbamos a ir a almorzar a lo de los abuelos. Yo tenía 9 años; estaba empacada porque quería quedarme en casa a ver los dibujitos. Mamá insistió en que los abuelos no esperaban y que podía ver los dibujitos cualquier otro día, así que me vestí a regañadientes, con el ceño fruncido y haciendo trompita.
Cuando llegamos a lo de los abuelos, la mesa estaba puesta. El abuelo batía la crema para comer con los duraznos de postre; aunque seguía enojada no pude evitar correr a sus brazos y abrazarlo, enseguida me olvidé de mi capricho. Después vino la abuela, con el delantal puesto, la cubrí de besos; me instó a que la acompañara a la cocina. “Ayúdame a cubrir la cocina con diarios para que el aceite no salpique”, me dijo.
Mamá y mis hermanos ya se acomodaban en la mesa. Yo hurgaba en el cajón de los cubiertos en el vajillero del living - esos solo se usaban para ocasiones especiales - buscando mi tenedor gigante. La tele con el noticiero de fondo, los diarios del abuelo apoyados en el sillón y el aroma de las croquetas de papa, doradas, cilíndricas, perfectas rellenas de queso inundó mi olfato. ¡Delicia que solo a la abuela le salían así!.
¡Cuánto extraño esos domingos, sin dibujos, con abuelos y croquetas!

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