La habitación era pequeña pero se percibía grande. Sus paredes blancas relucientes brillaban con fuerza y a la vez calidez, sin embargo, el fulgor que provenía de ellas no enceguecía mis ojos. Había silencio, pero no ese silencio que incomoda, sino uno que daba paz. Me sentía en armonía conmigo misma. De pronto empecé a sentir brisas casi imperceptibles que me rozaban, por un costado, por el otro. Las sentía como una tímida caricia. Me percaté que se trataba de mis pensamientos.
Habían entrado a la habitación por una de las dos puertas que allí había. Ambas eran grandes, de madera, ornamentadas, muy bonitas. Una era marrón clara como el roble y la otra oscura como el ébano. Las pequeñas ráfagas se producían cuando los pensamientos deambulaban libremente por todo aquel espacio. Si bien no los veía con claridad podía percibir pequeños haces de luz que hacían las veces de estela de estas ideas danzantes, como tienen los cometas. De vez en cuando uno de los pensamientos se escabullía por la otra puerta.
Me pregunté qué hacíamos allí, tanto ellos como yo, y entendí que no había un propósito definido, solamente estábamos allí para amigarnos, conocernos y llegar a entendernos mejor. Nos dábamos fuerza, ánimos y también, a veces, nos recriminábamos cosas. Tal como en la vida, había muchas clases de pensamientos. Los fui aceptando poco a poco, los fui reconociendo como parte de mi ser. Cuando estaba en paz con uno de ellos, éste daba una última vuelta alrededor mío como despidiéndose, y entonces, escapaba por la puerta.
Me dije que este proceso me enriquecía, me ayudaba a ser más amable conmigo misma y con los demás y, simbólicamente, esto se reflejaba en aquella habitación tan mía, tan única, donde los pensamientos entraban por una puerta oscura, se empapaban de luz y silencio y salían renovados por una puerta mas clara.

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