A Julia siempre le habían gustado las historias. Abandonada por su madre al poco tiempo de nacer, se había criado en un orfanato y allí vivió hasta alcanzar la mayoría de edad. Su refugio había sido la pequeña biblioteca del lugar donde ella pasaba muchas horas. Con el pasar de los años, no había libro alguno allí que no hubiera leído.
Se abstraía sumergiéndose en un mundo diferente cada vez. Vivía la vida de cientos de personajes, quizás miles y soñaba con un día convertirse en escritora para compartir sus propios sueños, ilusiones y secretos. Tenía mucha imaginación y se la pasaba escribiendo sus ideas para algún día publicarlas.
Ya en la facultad de Filosofía y Letras se perfeccionó y plasmaba cada día sus palabras en escritos maravillosos y originales que con el tiempo fueron multiplicándose. Los últimos años fue notando cómo sus manos se hacían más ásperas. Pasaba los días y las noches escribiendo. Cada día su obra era más prolífica y más el tiempo que le dedicaba.
Mientras investigaba para su próxima novela notó que la punta de los dedos se le habían manchado de tinta y por más que lo intentaba no podía quitársela. Luego de un tiempo dejó de prestarle atención y siguió escribiendo sin pausa. Tenía mucho éxito pero eso no era lo más importante para ella, sino compartir sus historias con el público y así, trascender.
El color su piel se fue haciendo cada vez más pálido y sobre ella, se extendieron hasta sus codos las manchas de tinta dibujando una especie de negras telarañas que de a poco invadían su cuerpo. Sin embargo, su pasión por escribir se veía cada día más fuerte y opacaba cualquier otra situación. Así, el calendario avanzaba y ella no daba importancia a los cambios que iba sufriendo.
Ya entrada en la adultez vio cómo se iba volviendo más pequeña. Perdía altura y su figura se hacía más delgada cada vez. Llegado el día de la presentación de su último libro, decidió no ir, ya que estaba irreconocible y no quería presentarse así ante sus lectores. Su espalda y su pecho se habían tornado gruesos y rugosos y estaban rígidos y planos como el cuero.
La venta de su última publicación fue un éxito rotundo, y cuando el editor quiso comunicarse con ella para darle la noticia, no pudo encontrarla. Extrañado ante la falta de respuesta fue hasta su casa. Allí encontró la puerta sin llave. Entró con cautela y la buscó en todas las habitaciones; no pudo hallarla. El silencio era total y la luz del día entraba por la ventana cálidamente iluminando todo el lugar.
En medio de ese escenario pacífico, el editor se preguntaba qué le podía haber sucedido a Julia. Recorriendo la habitación donde ella escribía halló sobre el escritorio un libro de tapas duras y rugosas, encuadernado en un papel de exquisita calidad; las páginas tersas y suaves con las letras impresas en una llamativa tinta negra que descollaba con una hermosa caligrafía. El título del libro que tenía el rostro de Julia en la portada leía, “Historia de una vida colmada de historias”.

Que bueno ¡¡ intrigante y con un final abierto de par en par a la imaginacion .felicitaciones Xime¡¡
ResponderEliminarMuchas gracias !!!
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