El Misterio del Cuarto de Hotel - RELATO BREVE



Se encontró allí, en la penumbra, desconcertado, sin saber dónde se encontraba ni qué hora era. ‘Tranquilo’, se dijo. ‘Despacio’. Parpadeó para aclarar la vista y acostumbrarse a la oscuridad y así divisó algo borroso a su izquierda. Se encontraba sentado así que, sin levantarse, tanteó con la mano aquel objeto que, como agazapado, parecía querer esconderse de él.

Encontró una perilla y presionó el botón. Una luz tenue se encendió. Era suave pero alcanzaba para alumbrar todo el lugar. Se asomó a la pantalla del velador y percibió que en vez de una lamparita, la luz provenía de tres luciérnagas que danzaban sin cesar. Se encontraba en un hermoso cuarto de hotel, para nada lujoso, más bien rústico, con bellos y acogedores muebles de madera sin lustre, almohadones sencillos y cortinas de color crudo.

Seguía desorientado, sin saber dónde se encontraba, ni qué día y qué hora eran. No recordaba haber llegado a allí, sólo sabía su nombre. ‘¿Qué hago aquí?’, se preguntó. 
Su inquietud se hizo aún mayor cuando vio que aquel cuarto no tenía puerta alguna.
‘Pero, ¿Cómo es posible?’, se preguntó. ‘Si no hay puerta, ¿Cómo he ingresado?’, y esa pregunta se instaló en su mente creándole una preocupación que no lo abandonaba. 

Pasó mucho tiempo tratando de descifrar aquella incógnita, y el sol se ponía y la luna emergía en el cielo, una y otra vez. Cuando se cruzaban, intercambiaban palabras como… ‘¿Has visto?, sigue preguntándose cómo ha llegado, cómo entró, dónde está?’. ‘Sí, lo sé. Sólo podemos hacer lo nuestro y mirarlo desde aquí; él solo debe encontrar la llave’. Y más días pasaron.

Y así, el hombre un día vio que en vez de tres luciérnagas había dos, y otro día había cuatro y otros días más o menos también. Entonces sentado en el confortable sillón en el que había despertado la primera vez se dijo… ‘Si hay días en que hay menos luciérnagas que otros quiere decir que han de irse. ¿Pero cómo?, ¿Por dónde?’ , y en el preciso momento en que la pregunta nació en su mente se materializó una puerta.

La pregunta era… ‘¿Cómo he de salir, dónde está la salida?’. Aquello había sucedido porque sólo cuando dejó de preguntarse cómo había llegado hasta allí para pasar a preguntarse cómo habría de salir de aquel lugar, que la respuesta apareció ante sus ojos. Se dirigió entonces hacia la puerta preguntándose qué habría detrás, ‘¿Qué me espera?’, se dijo. ‘Sólo hay una manera de averiguarlo’; abrió la puerta y dio los primeros pasos del resto de su vida, seguido por unas luciérnagas que danzaban sin cesar.



Comentarios