Sin Dueño - MICRORRELATO

Estoy parada en el medio de la sala. Lo veo, está allí, a mi lado. Me habla, me quiere guiar los pasos. A veces lo sigo y otras lo ignoro haciendo mi parecer.

Las mañanas y las noches son quienes más me lo recuerdan. Le intentan dibujar el rostro, como adivinándolo. ¡Ha visto tantas cosas! Sin embargo, no es dueño de ninguna. Ha viajado en los trenes y ahora mira con añoranza las vías desiertas. 

Se sienta al lado de un hombre en un café, sube las escaleras del Obelisco Porteño y nos espía desde allí arriba. Se disfraza de éxito por épocas. Otras veces nos trae desafíos y metas. Le pinta la cara a una mujer que más tarde se complacerá de sus arrugas por haber vivido tanto. 

Anida en los cuerpos y de cierta forma los va esculpiendo. Hay quien ha querido atraparlo, cambiarlo. Han tratado de detenerlo, dominarlo. Siempre se escapa, es un eterno peregrino que no nos esquiva ni nos busca.

Estoy tumbada sobre la cálida arena de la playa. El sol se va ocultando, el mar lo traga. La luna ocupa su lugar descollando en el firmamento y las estrellas tímidamente se van asomando. Él está aquí. Siento su presencia. No es que a veces lo olvide, sólo elijo no prestarle atención. Eso me relaja.

Tengo el presentimiento que un día me dirá “ya es hora”. Antes quiero que me acompañe por un largo y hermoso sendero; que siga marcando el ritmo de las notas. No tiene dueño, ni siquiera las agujas ni la arena en el cristal; al fin y al cabo no existe. Aceptemos de una vez que el tiempo sólo es una ilusión.


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