
Ya cuando sea más grande y atraviese este velo de luz que me circunda, seguramente no recordaré esto que voy a contarles asique, ahora que todavía lo tengo en mente, se los cuento por si están pensando parecido a como lo hicieron mis padres.
Yo, que estoy acá esperando me toque el tiempo de bajar a la panza de mi mamá, me entretengo muchas veces escuchando música, sonidos y conversaciones que provienen, lógicamente, del ámbito que rodea a mis progenitores. Eso me gusta; soy muy curiosa y disfruto mucho esos momentos.
Me gustan, dije, sí, es cierto, aunque a veces me disperso y tengo, quién sabe, mis propios pensamientos, es entonces que me abstraigo y no percibo nada más… No obstante, un día escuché algo que me dejó preocupada, mucho, muchísimo. Mis padres estaban hablando sobre el nombre que me iban a poner. Yo, totalmente expectante, me concentré en lo que estaban diciendo.
¡Imagínense! Me querían poner el nombre de mis abuelas y, que Dios me perdone, pero no se salvaba ninguno; eran feos, muy feos los dos. ‘¿Y ahora? ¿Qué hago?’ Es que no puedo hacer nada. Decir que mis abuelitas todavía están allá con ellos que sino les decía que me echaran una manito para hacerlos cambiar de opinión.
Así, durante un tiempo, tuve algunos momentos de esperanza cuando algunos de nuestros familiares visitaban la casa. Cuando papá y mamá no los escuchaban éstos se decían ‘¡¿Viste cómo le quieren poner a la beba? Gervasia o Demetria, o los dos!’ ‘¡Ay sí, pobrecita. Eso de repetir los nombres de los abuelos en los nietos a veces es casi perjudicial!'.
Sin embargo, todos terminaban por no comentar nada porque no era de su incumbencia por supuesto y tampoco querían herir sus sentimientos. Decir que eran nombres poco agraciados era como un insulto sin camuflaje, además en estos temas los de afuera son de palo. Y así, el ánimo que me había llegado con esos comentarios me abandonó dejándome nuevamente acongojada.
Yo sé lo mucho que me quieren mis papis porque así de mucho los quiero yo, entonces, fuera el nombre que fuese lo iba a aceptar igual pero no sería lo mismo andar por la vida con esos nombres duros que parecían terrones verbales que con otros más amenos. Con todo, llegó un día donde una lucecita se prendió y ya no me abandonó; vino para quedarse.
Mamá entró de licencia porque ya faltaba poco para el parto y, por esos días, ella veía una novela con Andrea Del Boca, le fascinaba y a mí me encantaba el nombre de la protagonista. No sé si mis pensamientos y mis deseos habrán repicado tan fuerte aquí que ella también pudo oírlos, pero estoy de lo más contenta y agradecida.
No le costó nada convencer a papá de que aceptara porque la vio tan adorable cuando le dijo que me quería poner otro nombre, el de la novela, que él, mirándola profundamente a los ojos, accedió sumiso y al instante. Perdido en aquella dulce mirada suplicante mi padre le dijo: ‘Claro que la llamaremos así'. Y esa es la historia de por qué me llamo Celeste.
Comentarios
Publicar un comentario