
Una taza de café vacía se enfriaba de a poco, todavía la espuma de la leche la vestía por dentro. Sobre la cerámica del plato un sobrecito de azúcar abollado descansaba, liviano y melancólico, al lado de una servilleta usada y orgullosa. La cucharita plateada, opacada por el café, extrañaba dar vueltas aunque eso la mareara. Solo el vasito de vidrio con agua parecía ajeno a lo que acontecía. Esperaba con todas sus fuerzas no ser bebido por el comensal y, de a ratos, dirigía una mirada furtiva a la cajita que contenía los endulzantes y al servilletero, como queriendo preguntarles su opinión. ¿Lo beberían o no? Como si aquellos fueran el oráculo. Sin respuesta siguió nadando en su padecimiento ignorado.
Lo que el vasito no había notado era la mirada del muchacho sentado a la mesa, cargada de preocupación. Sus ojos café mostraban nerviosismo. Cada tanto levantaba una ceja y se llevaba una mano a la boca para morderse las uñas. Enseguida se daba cuenta y la quitaba raudamente para frotarla en el jean. Miraba la hora de tanto en tanto, sin dejar respirar a los minutos. Pequeñas gotitas de sudor le poblaban la frente y el bozo en una clara señal de ansiedad. Los nervios lo recorrían de pies a cabeza. ¿Qué le pasará al muchacho?¡, pensaban los sobrecitos de azúcar, que lejos de ser adivinos eran consumidos por la curiosidad.
La taza y la cucharita, sin embargo, conocían el motivo de tal comportamiento porque los labios del joven las habían tocado. Apenas poso su aliento sobre ellas el secreto fue compartido. Decidieron callar. Jamás lo dirían pues lo mejor sería ver la reacción de sus compañeros ante lo que iba a acontecer. Una muchacha de cabellos castaños, jeans, zapatillas y suéter sobre los hombros caminaba por la vereda frente al café. Mirando previamente hacia los lados, bajó a la calle y cruzó. Segundos más tarde, ya dentro del local, se acercaba con paso sigiloso hacia la mesa donde estaban, el muchacho y los objetos que lo acompañaban .
La joven con ambas manos cubrió los ojos del muchacho que, al sentir el contacto en su piel, sintió escalofríos. La alegría y las ansias le recorrieron la espalda. Se puso de pie súbitamente y la joven lo miró sorprendida pero con dulzura. El muchacho metió una mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó el puño cerrado. Enseguida la chica le miró la mano y luego lo miró a los ojos. Se ruborizó. Comenzó a pasar su mirada del puño a los ojos de su novio y viceversa. Viendo que el comenzaba a agacharse, se cubrió la boca para no chillar.
- ‘¿Quieres ser mi esposa?’ - le preguntó el joven hincado en una rodilla, con una voz más segura y firme de lo que se pensó capaz.
- ‘¡Claro que sí!’ - contestó ella, y luego, lanzó el grito contenido.
La gente en el café volteó para verlos y al comprender lo que pasaba, aplaudieron. La pareja se abrazó fuertemente. Después del acontecimiento decidieron irse y cuando ya iniciaban la marcha, la muchacha le dijo:
- 'Espera un segundo'.
Al alcanzar la mesa, estiró el brazo y tomó el vasito de agua que bebió hasta el fondo y de un solo trago.
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