
Cuando todo parece más quieto que nunca y los pensamientos resurgen, algunos recuerdos parecen más lejanos pero otros se sienten aún más reales que antes. Así me encuentro, a altas horas de la noche, pensándote.
Siempre me has traído regocijo, consuelo y sosiego. Te recibo con los brazos abiertos, amiga. Me dejo invadir por cada minúscula parte de tu ser cuando llegas a mi encuentro. ¿Cómo has sabido que te estaba llamando? ¿Acaso un grito mudo te ha alertado?
Me confiesas que inquieta soñabas conmigo y que, al despertar, en mi te quedaste pensando el resto del tiempo. El tic-tac del reloj hacía ecos, como las rotas campanadas de la iglesia que, a lo lejos, te avisaba que poco faltaba para el alba. ¡Era tan tarde que casi era demasiado temprano!
Descubrir que nos pensábamos, lejos y cerca, ahora, y ayer, y mañana... Saberlo aumentó mi necesidad de ti y pude sentir en el vibrar de tus notas que solo eras feliz cuando estabas a mi lado; y entendí todo porque… ¿De qué vale ser música si no hay quien oiga tus pasos?
Comentarios
Publicar un comentario