Un hombre tranquilamente disfruta de una mañana cálida y soleada de primavera. Agradece el calor y los rayos de sol que le quitan la humedad a sus huesos, la telaraña a sus ojos y oídos y la monotonía a su jornada. Con días como éstos siempre hay que salir a respirar un poco de aire fresco, ver el verdor de las plantas, y admirar a salpicadura de colores que nos arrojan los pimpollos nacientes de octubre; escuchar el canto de los pájaros que, alegremente, se posan en las ramas de los árboles, los cables de la luz o el alféizar de alguna ventana.
Después de un tiempo sentado disfrutando del paisaje deja escapar un bostezo tras su mano arrugada. Se acomoda la gorra y saca el diario de debajo de su axila, lo despliega y se dispone a leer. ¡Cuántas noticias negativas! Robos, violencia de género, temas de salud, incendios, volcanes en erupción. ‘¡El mundo se está volviendo loco y el Hombre tiene la culpa!’, reflexiona. Sin embargo, apenas algunas buenas noticias aparecen tratando de compensar esto. Se moja el índice con saliva para pasar las hojas, costumbre no muy conveniente, ¡y menos en estos días!
Sección por sección devora los títulos, los recuadros, las editoriales, las notas. Todo, nada se le escapa, por eso cuando alcanza una noticia en la que ve su propio rostro, se queda boquiabierto y sus ojos se abren desmesuradamente. Se acomoda bien los anteojos y se acerca el diario a los ojos para ver mejor. Sí, había visto bien, era él. ¿Cómo es posible? Él nunca había estado allí, en ese lugar. No tenía por costumbre jugar a la quiniela ni nada de eso. Aparece en la imagen con una amplia sonrisa, la misma gorra, el mismo saco, con los brazos en alto, festejando que ha ganado el premio mayor del Quini 6.
‘¡Qué bárbaro!’, se dice. ¡Si tan sólo fuera cierto! ¡Qué bien le vendría! ‘Pero… ¿qué digo?, si lo estoy leyendo en el diario. ¿Entonces es verdad...?'. No recordaba nada de eso. '¿Estaré volviéndome loco o perdiendo la memoria? Espero que ninguno, Dios sabe que quiero disfrutar todavía mucho de la vida’. Decidido, cierra el diario y va hasta la dirección de la agencia de quiniela que figura en la nota y entra. ‘Hola’, dice. ‘Buenas tardes, ¿en qué lo puedo ayudar?’, le pregunta el empleado. ‘La verdad no sé, pero supongo que vengo a hacer una jugada de Quini 6’. ‘Bueno’, le responde apático el muchacho detrás del mostrador.
‘¿Qué números va a jugar?’. Mientras, el hombre introduce la mano manchada por la edad, en uno de los bolsillos del pantalón y luego la saca con unos billetes. ‘Ahh, claro. Y…’, mira hacia el cielo. ‘¿De qué número a qué número van?’. Después de oír la respuesta se decide por seis números que, de alguna manera, tienen algún significado especial para él. El empleado extiende la mano y le alcanza el ticket con la jugada. Llegando a su casa, el hombre, cansado, se sienta en la cama, guarda el ticket en el cajón de la mesa de luz y vuelve a mirar el diario, todavía incrédulo. Su foto aún está ahí, sin embargo, recién ahora se da cuenta de que la fecha es la del día siguiente.
‘¡Tengo en mi mano las noticias de mañana!’, dice en voz alta para sí. ‘A veces vendría muy bien saber con anticipación lo que va a pasar, pero ¡¿qué gracia tiene así la vida?! En fin, no pierdo nada habiendo jugado, en una de esas la pego’, piensa. Se duerme tranquilo a la espera de una nueva mañana de sol. Mientras, el diario se convierte en polvo y deja un montículo grisáceo en la mesa del living de Don Francisco y, al mismo tiempo, cósmicamente los números se ordenan en los bolilleros del sorteo matutino del día siguiente, esperada o inesperadamente, a su favor.
Comentarios
Publicar un comentario