Cazadores Cazados - RELATO BREVE


Dos cazadores, en medio de la sabana africana, limpiaban sus escopetas preparándose para la cacería del día siguiente. Ufanos y henchidos de orgullo se contaban sus hazañas de años anteriores. Decenas de safaris en su haber los hacía presumidos, se sentían invencibles y poderosos. 'Matar a las ‘bestias’ de estas tierras salvajes no era moco de pavo. Había que tener destreza, experiencia y pasión por la caza', decían.

¡Qué impotencia y rechazo me daba verlos! Los había visto por primera vez hacía tres años en la portada de una sección del diario. Allí, retratados sosteniendo a la fiera vencida con tanta vileza, sonreían. Esos canallas le habían arrebatado la vida a un ser que nada les había hecho para merecerlo, mas que existir. ¡Cuánta bronca! ¡Qué injusticia! Me dije que eso no podía volver a suceder y me uní a una asociación en contra de este tipo de actividades ruines y del maltrato animal.

Hace unos meses compré una cámara profesional y, admirado de la belleza de estos y otros animales salvajes, su comportamiento y la naturaleza que los rodea, decidí hacer un curso de fotografía para retratar su vida silvestre tan emocionante. Me propuse también hacer un viaje para conocer su ámbito personalmente y empaparme de la energía, la vitalidad y la poesía inmersas en esos paisajes tan diferentes a aquel donde vivo.

Al llegar a África me maravillé de una forma que no creí posible. Los atardeceres dorados, los árboles secos peinados por el viento árido, los sonidos de los animales y el silencio de la noche estrellada, serena y despojada de artificialidades me sedujo dejándome embelesado y preguntándome cómo no había venido antes. Solo una cosa opacó mi aventura. Los cazadores de aquellas notas periodísticas de hace años estaban allí.

Me horroricé el día siguiente cuando a mi campamento llegaron noticias de dos cazadores que habían matado a un león. Tomé mí cámara y marché hacia donde ellos se habían instalado. Los vi llegar con caras de vanidad y carcajadas espeluznantes que me erizaron los vellos del cuerpo. Me acerqué a ellos con la intención de acusarlos y denunciarlos. En lugar de eso, les propuse tomarles una foto. Eran tan engreídos que no les importó quién era yo y porqué quería retratarlos, y aceptaron sin preguntar nada.

Posando erguidos, los pechos hacia afuera, el mentón elevado, las armas al hombro y el animal vencido a los pies, colocaron sus botas encima del pelaje manchado por la sangre. Mis manos temblaban de furia, casi destrozando mi cámara. Con todo mi ser deseé que algún día tuvieran su merecido pero en ese entonces solo atiné a sacarles la foto para tener con qué denunciarlos. ‘Clic’, apenas se oyó al presionar el disparador.

Al instante nada pasó pero, cuando revelé la foto días más tarde, los dos cazadores desaparecieron de la imagen y me quedé mirando el vacío que habían dejado. Solo la despoblada sabana y el cuerpo del león cazado. Inmediatamente se oyeron alaridos y gritos pidiendo ayuda. Los cazadores corrían despavoridos, con la ropa hecha jirones, sobre la ocre y árida superficie. Minutos más tarde solo se escuchaban jadeos y sollozos agónicos que terminaron por desaparecer, luego... solo silencio. 

Por la noche escuché ruidos fuera de mi tienda y salí para ver qué pasaba. Me quedé helado al ver un león de imponente porte y negra melena parado impertérrito ahí afuera. Tenía la boca ensangrentada, no era su sangre sino ajena. Trozos de tela le asomaban entre los dientes. Se quedó allí mirándome tan solo  unos segundos, sabiendo que yo entendería.



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