Los Fantasmas de María Pía - RELATO BREVE

Caminando por la calle bostezaba. Iba con los párpados semicaídos y una sombra en las ojeras la hacía lucir cansada, sin embargo, había dormido toda la noche sin interrupciones. Un pie delante del otro la hacía avanzar en su camino hacia el trabajo, casi como por inercia. No es que estuviera muy decidida a ir pero tampoco a quedarse.

Llegó a destino. Trabajó la jornada entera sin sobresaltos, sin pausa pero sin prisa. Todas las tareas cumplidas, sin errores pero sin una pizca de entusiasmo. ‘¿Qué te ensombrece, María Pía?’, se preguntaba a sí misma, pues ella no ignoraba su conducta aunque nada hacía para cambiarla.

La costumbre, el hábito y la rutina tomaron control de sus días y la sombra de sus ojeras permaneció en su rostro al igual que el arrastre de sus pasos y la renuncia en sus ojos. ¡Qué falta de energía, de pasión, de ganas, de arrojo! ‘¡Ay, muchacha! ¿Qué te pasa?’, le solían decir, pero María Pía no despertaba.

Un día mas de tantos aquellos de camino al trabajo, una hoja cayó de un árbol y el viento la posó en su cabeza. Un mechón de cabello se le soltó de la coleta y le cayó sobre un ojo. Así, con esa molestia, se acercó a una vidriera para ver su reflejo, quitarse la hoja y acomodarse el mechón.

Se asombró al ver su reflejo borroso, como rodeado de humo. Una bruma grisácea y densa que apenas se movía un poco a su alrededor. Era como un traje de pesimismo hecho a medida. '¡Oh, por Dios!', se dijo. Y comenzó a sacudirse la ropa, el pelo, la cara, las manos. Zapateaba sobre la vereda para sacarse de encima hasta el último vestigio de esa capa de negatividad que, a modo de ceniza suspendida en el aire, la rodeaba.

La gente al pasar no la miraba. Era como si no existiera. Solo cuando se vio libre de toda aquella sustancia gris, pegajosa y pesada, es que la gente la notó allí parada. Su cabello se veía brillante, su ropa colorida, sus mejillas sonrosadas le daban vida a su rostro juvenil y sus ojos chispeaban con alegría. ‘¡Qué cambiada estás, María Pía!’, pensó.

Es que, en ese sacudón de cuerpo y alma, todos los fantasmas que venía acarreando con los años se desprendieron de ella. Cayeron al piso y, pisoteados por el sol y barridos por el viento, se fueron de regreso con el tiempo pasado donde debían estar. ¿Quiénes eran esos fantasmas? Personas que no aportaron nada bueno, que nunca sumaron nada para María Pía, eran como piedras en el zapato, como el lastre en el barco.

Esa noche María Pía durmió liviana como nunca antes. Alegre, agradecida consigo misma, con sueños y proyectos. ‘¡Soltaste tus fantasmas muchacha!’, se dijo, y rió con todas sus fuerzas, fuerte, muy fuerte, sacudiendo la cama, apretando los ojos, coloreando sus mejillas y pataleando de emoción. ‘Libre de bagajes y con el tiempo siempre a mi favor’, se prometió. Que el porvenir proyecte en mí todo lo bueno que yo veré de hacerlo realidad. 


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