‘A partir de este momento dejaré de cumplir todo lo que prometo...’, leí en la primera hoja de un diario íntimo que encontré mientras limpiaba el altillo. Un antiguo morador de esta casa lo habría dejado atrás. ¿Por qué? ¿Para olvidar? ¿Porque ya no tenía importancia, relevancia, sentido...? ¡Quién sabe! Sabemos tan poco incluso de nosotros mismos.
Dudé si seguir leyendo o no. Sentía mucha curiosidad, una característica muy mía. Decidí entonces no luchar contra ello y di vuelta la página para seguir con lectura. ‘Toda mi vida he prometido cosas que, por algún motivo, no pude cumplir; he causado desengaños a muchos pero, más que nada, a mí mismo’.
Casi podía sentir la culpa de aquel ser sobre sobre mi piel y mis huesos. ¡Qué peso más odioso! Quise librarme de él de inmediato cerrando aquel viejo diario. Lo hice. Transcurrió toda la tarde mientras ordenaba el contenido de las cajas de mudanza, corría muebles, guardaba ropa, libros y discos. El silencio me acompañaba, sin embargo, un latido hueco parecía venir de arriba.
No pude dejar de lado la idea de que aquel diario quería que lo leyera, esperaba que lo devorara por completo. Me di una ducha después de completar la faena de este extenuante día pero el sueño no llegaba. El cansancio se había ido, escurridizo, dejándome con ansias de saciar mi temible curiosidad.
Subí casi a hurtadillas, aunque no tenía a nadie que reprochara mi proceder. Leí cada una de las palabras vertidas en aquellas hojas amarillentas y pensé, ‘¡qué solo ha de sentirse el autor de esta crónica!’. Por algún motivo me sentí más angustiado que antes… vacío. A punto de dejar el diario donde lo había hallado, di vuelta la última página…
… A la derecha, al pie, pequeño, muy pequeño y borroneado, leí mi nombre.
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