Auxilio Inesperado - RELATO BREVE

 

Era una tarde calurosa de verano, allá por 1954. Me dirigía con el auto hasta la costanera. Habíamos quedado con unos amigos en ir a pescar. El calor parecía derretir el asfalto. Gotas de sudor me corrían por las sienes.

Durante el recorrido, el auto empezó a hacer un ruido raro. No tenía idea de lo que podía ser. El que sabía de motores y fierros era mi hermano. Yo nunca me preocupé por aprender de esas cosas. Lo mío era pescar, ir de mochilero, estar en contacto con la naturaleza. 

Mientras mi hermano pasaba el verano con su novia en la casa de los padres de ella, yo disfrutaba mi tiempo lejos de la facultad y el trabajo haciendo lo que más me gustaba. Carnada, cañas, sombrero y amigos.

Otra vez un rudito, el auto amenazó con dejarme a medio camino. Afortunadamente no lo hizo; siguió su andar atolondrado. '¿Será el aceite, el agua, el carburador…?', pensaba, cuando camino a mi destino un semáforo me detuvo justo frente a un afiche de publicidad callejero. 

El póster mostraba una hermosa mujer. me deslumbraron su blanca sonrisa, sus carnosos labios rojos y sus delicados ojos verdes. Si me preguntaban en aquel entonces de qué era la publicidad, no hubiera sabido decirles. Se me cruzó la frase hecha, ‘si me la cruzo alguna vez, le propongo casamiento’.

En la calle, detrás mío, se había formado una fila de autos que me abucheaban mientras hacían sonar el claxon desmedidamente. Se ve que la luz estaba en verde hacía rato. ‘Ya voy’, grité sacando la cabeza por la ventanilla y retome la marcha.

La tarde transcurrió tranquila, pescamos algo, no mucho, pero en fin. Reímos con los muchachos, recordamos aventuras del verano pasado y hablamos de la vida. El rostro de aquella muchacha de tanto en tanto aparecía en mi mente.

A la caída del sol emprendimos el camino a casa. Iba relajado, contento, cuando el ruido de antes volvió a sonar pero esta vez más fuerte. Entonces el motor se paró, arrancó y una vez más se detuvo, ahora sí por completo. Intenté durante un rato largo encenderlo sin éxito. 

De pronto, un auto me pasó de largo y se detuvo en la esquina. Llegué a ver una pierna muy femenina y atractiva salir del vehículo. El sol poniente me encandilaba impidiéndome ver el rostro de aquella dama. Cuando la tuve a un palmo de distancia, quedé azorado.

Un par de centelleantes ojos verdes me miraban con curiosidad y encanto. 'Veo que tiene problemas. ¿Lo acerco a algún lado, señor?', me dijo. Era lo último que esperaba, que aquella que me ofrecía auxilio fuese la mujer del afiche. Intenté no balbucear cuando acepté su oferta.

Esa fue la primera vez que viajamos juntos. Ambos sonrientes, algo nerviosos, sin poder quitarnos la mirada de encima. Hoy soy yo quien la lleva de paseo, después de 40 maravillosos años, donde cada mañana aun agradezco no haber sabido nada de fierros ni motores.


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