Melodías Sanadoras - MICRORRELATO

Sentada en su mecedora, oía la música que sonaba de fondo; las implacables notas le sacudían el alma. Amaba la música, aún cuando a veces las llevara a lugares oscuros, la mayoría la transportaban a momentos de luz. No imaginaba la vida sin ella, la música la había transformado. Había descubierto un mundo nuevo cuando aprendió a tocar el violín a los seis años. 

Las melodías vibraban en su cuerpo, sus manos, para posarse también en sus hombros y adentrarse en sus oídos. Se abstraía al tocar y abandonaba la antigua casa de su infancia, con esa humedad que subía desde los cimientos. Lejos quedaban los gritos de su padre y el llanto suplicante de su madre. 

El calvario terminaba cuando tomaba el instrumento y lo cobijaba en su hombro, su cabeza sobre la delicada madera, el arco entre sus dedos finos y largos, y la partitura sobre el atril... Allí comenzaba su viaje. Volaba alto para evadirse de todo y de todos. 

Hoy, a sus 98 años, siente un cosquilleo en el cuerpo, especialmente en sus manos. Su mirada se dirige hacia el gran mueble del comedor; bajo llave detrás de unas puertas, descansa su violín. Lo toma delicadamente, con amor y añoranza, lo coloca en posición y lo hace soñar... 

Se suspende entonces hacia el éter y emprende su viaje, el último, solo de ida y con destino incierto pero siempre, siempre acompañada de las eternas melodías que la vieron nacer, crecer y partir.


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