No sé cuánto tiempo hubo pasado, cuando volví a escuchar un ruido, leve, pero que no escapó a mis oídos. Me levanté lo más lentamente que pude; el sigilo era esencial para no volver a espantar a aquello que fuera la fuente de luz.
Me destapé corriendo las sábanas muy despacio, bajé una pierna primero, luego la otra y calcé ambos pies en las pantuflas. Caminé a oscuras, tanteando los muebles, solo guiado por la lucecita que bailoteaba en el suelo. Ahora estaba en el rincón opuesto, aun inquieta. Deslicé mis pasos silenciosamente y llegué a tocar la pared.
Allí mismo, sobre la alfombra, pude ver un diminuto ratón blanco que, como desesperado, caminaba sin rumbo fijo con una pequeña luz sostenida en su cabecita y posada en su frente. '¿Pero… qué pasa?' me pregunté en voz alta, a lo que el ratón respondió… 'Disculpe la molestia señor, es que he perdido mi queso'.
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