Caminaba ese mediodía hacia el almacén, cuando paseando la mirada por las casas de la cuadra vi que en una de ellas, tras la reja y ante la puerta de madera oscura, había varias cartas. Los sobres estampillados y amarillentos descansaban olvidados en el umbral de la lúgubre vivienda. Unos cuantos, ¿cinco o seis? No, creo que más de diez seguro.
Seguí mi camino pero no pude dejar de pensar en aquellas misivas. Me pregunté porqué estarían aun allí, sobre las frías baldosas de la entrada. ¿Es que nadie vivía en esa casa? ¿Cuánto tiempo haría que estaban allí? ¿Quién las había enviado? ¿Sería por algo urgente? ¿Habían quedado esperando las respuestas sin esperanzas al ver que no llegaban?
¿Por qué me interesaba tanto el tema? No lo sé. Algo me atraía hacia ellas. Mi pensamiento se centraba en otra cosa y al rato ya estaba acordándome de los sobres mudos y dormidos que había visto. Al pasar las horas, ya en mi casa, mientras cocinaba la cena me puse aún más inquieto, entonces decidí ir hacia la casa abandonada.
Ya me había hecho a la idea de que estaba vacía hacía años. Estaba con la pintura descascarada, las persianas siempre bajas, con la madera gris y reseca. El felpudo lleno de hojas otoñales y volantes de negocios de todo tipo. Llegué a paso rápido ya que la ansiedad me obligaba a apurarme. Las vi ahí tendidas, inertes, una vez más.
Las tomé estirando una de mis manos a través de los barrotes de la reja y amontonadas en mi puño las llevé hasta mi casa. No quería soltarlas en mi bolsillo solitario, vacío y oscuro. Preferí asegurarme de que llegaran todas, arropadas en mi mano, a salvo. Cuando estuve sentado en la mesa del comedor las apoyé delicadamente y las esparcí sobre ella.
Tomé una y noté que decía quién las había enviado; me sorprendí. En el correo siempre piden que las cartas tengan el remitente, no las aceptan sino, y distraído en ese pensamiento barajé las demás viendo que ninguna lo tenía. Atónito quedé cuando di vuelta una de ellas, y luego otra y finalmente todas para ver algo asombroso. El destinatario era yo.
Mi vecina, la mas linda del barrio, con la que siempre había fantaseado salir en mi adolescencia me había escrito. Si, de no creer. Yo era muy tímido y nunca me había animado a declararme. Entiendo entonces que ella tenía mal la dirección de mi casa y las cartas fueron a parar a la casa abandonada.
¿Qué habrá pensado ella? ¿Qué no me gustaba? Las cosas que uno se viene a enterar años después. Si bien ella no sabía mi dirección, yo conocía si sabía adónde vivía ella porque la había acompañado hasta allí un día, después de una salida grupal, junto con otros amigos. ¿Me pregunté si aún vivía allí?
Dejé todo sobre la mesada, apagué el fuego de la hornalla y salí. La casa quedaba a unos veinte minutos caminando, no me importó nada. En el camino pensé ¿Qué le voy a decir si la encuentro? ¿Y si está casada? ¿Si piensa que soy un loco que se aparece así de pronto en su casa después de diez años? No me detuve.
Al llegar la vi, hermosa, como siempre. besaba a dos niños que se iban con un hombre de nuestra edad. Los subía al auto y se marchaban. El ex marido, pensé. Crucé, me sequé las manos en el pantalón pues me sudaban, y lucí mi mejor sonrisa.
Toqué el timbre y esperé. Un minuto más tarde ella abrió la puerta. Su sonrisa perfecta. Seguro había espiado por la mirilla porque no había preguntado quién tocaba y abrió sin más. ‘¡Estás igual!’, me dijo y me invitó a pasar, aquel otoño pará mi tan inusual.

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