La Silla - RELATO BREVE

Perdió la pata por un mal esfuerzo. Don Antonio, canoso, rechoncho y sudado, se había subido al regazo de cuero blanco amarillento para bajar al gato que se había encaramado a la araña del comedor. La pobre silla temblaba bajo el peso de aquel hombre que, para colmo de males, se balanceaba debido al denodado esfuerzo que hacía para bajar a la ágil criatura. Ésta, con total impunidad, se negaba a soltar el artefacto de iluminación aferrándose más cada vez; sus afiladas uñas se asían firmemente al metal descascarado y opaco debido a los años.

El crujir nacido del roble era engullido por las húmedas paredes de la vivienda. En el frío living de la casa, la esposa de Antonio le rogaba que bajara al felino con cuidado, lo adoraba, era su más amada posesión. Casi, que le importaba más el animal que su propio esposo. Lo único que le preocupaba era que el peludo saliera ileso. Mientras miraba la escena cual telenovela de la tarde, la mujer se comía las uñas nerviosamente, esperando el desenlace, tan absorta, que nunca percibió los pedidos de auxilio de la silla ni vio las gotas de sudor que a ésta se le filtraban entre las uniones.

El mueble soportó lo más que pudo pero, cuando el hombre y todos sus kilos se movieron sobre el cuero blanquecino del asiento con un violento sacudón, su estructura llegó al límite y se quebró. La pata derecha de adelante cedió y se desprendió del resto, siendo despedida hacia el pasillo. El hombre regordete cayó de bruces sobre la mesa que, despreocupada, descansaba debajo de la araña dorada en la sala. ‘¡¡¡Aaayyy!!!’, se escuchó un grito, no se sabe si fue del hombre, de la silla o de la mesa. El quejido quedó amortiguado por el maullido feroz del gato que, indignado, huyó de la escena arañando el cuerpo de Antonio.

Así, Benito -tal era el nombre del felino-, se ausentó por varias horas hasta que tuvo hambre. Al anochecer regresó a la casa donde el matrimonio permanecía sin hablarse. La mujer refunfuñando porque el hombre no había podido bajar a la mascota con cuidado y, en lugar de eso, lo había asustado provocando su huida. El hombre, ofendido porque su esposa ni siquiera se preocupó en curarle las heridas que la endemoniada fiera le había hecho en ambos brazos y en la espalda. La cola del gato rozó las piernas de su dueña mientras ronroneaba. La mujer inmediatamente y con una sonrisa desmedida, lo alzó para prodigarle besos y caricias. El animal solamente respondió maullando para reclamar su alimento.

La silla, maltrecha y dolorida, a pesar de su estado, sintió agradecimiento por haber salido de aquel lugar oscuro, húmedo y peligroso. Ahora rezaba para que alguien la recogiera y le diera otra oportunidad. La pata rota yacía junto a ella sobre el frío asfalto en sintonía con el pedido de su compañera. A la luz de la luna, algunas horas mas tarde, un hombre en camiseta, bermuda y ojotas, tiraba la basura en el tarro de la cuadra y, al darle vuelta, le centellearon los ojos cuando la vio. '¡Qué suerte tengo!’, se dijo y se marchó con la pata bajo el brazo y el resto de la silla montada sobre la espalda. '¡Somos dos!', pensó la susodicha, feliz.


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