Mucho trabajo… Me duele la cabeza. Cambio la pestaña de la ventana del navegador y busco un destino turístico. Enseguida lo encuentro. Montañas, lagos, árboles, rutas… ¡Qué lindo ver a lo lejos como el cielo se une al mar y viceversa! Ya me imagino el sonido del viento en mis oídos, limpiándome la cabeza por dentro, llevándose los pensamientos oscuros y pesados, despejándome. Ansío sentir la liviandad que me traerá ese destino, esa ruptura de la rutina, ese despegue.
Ya encontré la valija. Ahora mis pies marchan sin pedirme permiso hacia la salida del aeropuerto. Busco un taxi y cierro los ojos mientras respiro el aire frío y puro de la Patagonia. El hotel no está muy alejado, sin embargo el paisaje que me rodea parece llevarme hacia un sitio que bien pudiera estar a cientos, miles de kilómetros de cualquier otro lugar... Por lo que muestra, por lo que ofrece, por lo que promete. Sé que este lugar espera que yo también le brinde algo. Imposible pasar por la vida, inadvertidos, sin dejar huella, cada uno la suya, con sus rasgos, sus marcas, sus bendiciones y sus cruces. Nadie camina la misma senda.
Sentada en la playa el lago me enfrenta y me reta a verme reflejada en él, ¡Como si no me conociera la cara! Si me la sé de memoria. Sin embargo, cuando camino hacia la orilla, dudo. Mi cuerpo se estremece pero no es el frío del ambiente el que me sacude, es la incertidumbre, ¿De qué? De tantas cosas… Me veo reflejada y entonces me redescubro. Derribo prejuicios y culpas; me dejo caer sobre la arena húmeda, no me importa que se moje mi vestido. Disfruto completamente de este paisaje cautivante, relajante, tan armónico. Hipnotizada por el ir y venir de las aves en el cielo y acompañada del agua cristalina y silenciosa, siento que se mecen mis pensamientos en la marea de mi mente.
Hace años atrás, visitaba otra playa muy distinta a esta. Había llegado corriendo. Sólo me detuve cuando el agua tocó mis pies. Estaba agitada, respiraba tomando el aire a borbotones y me hacía muchas preguntas. Tan ensimismada me encontraba, sumida en mi desespero, en mi dolor, que me perdía del espectáculo que me rodeaba. Me senté sobre la arena, nerviosa, angustiada y enojada cuando de pronto vislumbré un destello detrás de una roca.
Una botella de un grueso vidrio verde, tapada con un corcho ancho y rugoso, asomaba tímidamente entre la arena y la piedra. Enseguida pensé: “¡Qué gente sucia, no cuidan nada!”. Cuando me agaché para recoger la botella vi que junto a ella había un pequeño bolsito de yute. Busqué en los alrededores a alguien más pero estaba sola. Tomé el bolso y lo abrí. Dentro, un lápiz y una hoja amarillenta, gruesa y áspera, descansaban en el fondo. El lápiz con la punta marcada como si lo hubiesen aguzado a cuchillo. Tomé todo entre mis brazos y me alejé caminando.
Más tarde, con los pasos deambulando vagabundos, me detuve y contemplé el mar, tan vasto y majestuoso, libre de soberbia. Sentada en la orilla me dispuse a escribir aquellas preguntas acuciantes que se me habían cruzado por la mente. Todas volcadas en aquel papel amarillo, me abandonaron. Metí la hoja hecha un rollito en la botella y la tapé. Con algunas lágrimas que amenazaban con derramarse por mis mejillas, me acerqué al mar y lancé la botella con todas mis fuerzas y mis broncas, pero también, con mucha esperanza.
Hoy, en esta playa del sur, ese recuerdo me pide permiso y me inunda. Descanso en esta noche contemplando los pequeños puntos titilantes del cielo. ¡Qué bien me siento! Doy las gracias a Dios, al universo, a la vida y a mi misma. Se me escurre entre las manos un puñado de arena que hoy parece más suave, mientras el viento helado me acaricia el rostro sereno. En mi recorrido me uno a a mi amor que viene a buscarme.
- 'Mirá lo que encontré en el muelle', – me dice con su hermosa sonrisa y me muestra una vieja botella verde con una hoja dentro -.
- '¡Ahhh... y hay un mensaje en la botella!' – sonrío yo también; sé que él ama mi sonrisa -.
- '¿Interesante, no?'.
- '¡Síííí! ¿Ya la abriste?'.
- 'No, te esperaba a vos'.
Quitamos el corcho y sacamos la hoja. Cuando la miro él me pregunta:
- 'Y, ¿Qué dice?'.
- 'Está en blanco'.
- 'Mmm… ¡Qué raro!'.
- 'Para nada.' – Le digo yo sin sorpresa – 'Está en blanco porque las respuestas vienen con cada paso que damos, ni antes ni después'.
- '¿Paseamos?' – Me dice tomando mi mano con la suya. Mmmm, está tibia.
- 'Si, vamos. La noche está preciosa'.
Y así retomamos la caminata…

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