El doctor abrió la puerta y pronunció su apellido. Con agilidad cerró el libro y se puso de pie. Ingresó al consultorio y luego de las preguntas de rigor, el profesional le pidió a la paciente que se recostara en la camilla. Dispuso los electrodos sobre el cuerpo de la mujer y le realizó un electrocardiograma.
A medida que la máquina trazaba el resultado del estudio, el médico no dejaba de asombrarse y abría los ojos cada vez más. Al terminar, tomó la tirita de papel y le pidió al mujer que se incorporara y bajara de la camilla. Una vez ambos frente a frente en el escritorio, la señora notó la expresión en el rostro del profesional y le dijo:
- ‘Doctor, su reacción me preocupa, ¿pasa algo malo?’
- ‘No, al contrario, pero es de lo más extraño. ¡Un hermoso poema ha salido en el electrocardiograma!’
- ‘¡Ahhh!, seguramente es porque estuve leyendo a Alfonsina en la sala de espera'
- ‘Ahora comprendo, señora. ¡Peeerooo… Hubiera empezado por ahí!’

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