Otro Final para La Madre de Ernesto - MICRORRELATO

 

Como pasar, no le había pasado nada, o mejor dicho, le había pasado todo. Que la madre lo hubiera dejado para irse de gira con un teatro ambulante, que lo hubiera dejado tirado, sí, porque aunque tenía al padre era como vivir con una sombra, la sombra de un hombre que había quedado humillado y con el corazón roto. Ernesto se había tenido que hacer cargo de todo, de vender la casa, de la mudanza y también del padre que arrastraba los pies y la mirada.

La mujer amplia y ahora rubia, de ese rubio opaco de mentira, los miró atónita. Trató de contener el temblor de la barbilla y las lágrimas secas no se animaron a salir. Se había ido del pueblo para ver si juntaba algo de plata, dijo. La estaban pasando mal. El padre de Ernesto trabajaba mucho pero ganaba poco. Le prometió que iba a volver cuando hubiera encontrado donde mudarse con ellos, viviendo de un mejor trabajo, pero no fue así. Terminó siendo secuestrada por un proxeneta que la amenazó con matar a su familia si ella escapaba. Temió por ambos y se quedó... y se quedó... 

Un día el tipo no volvió más. Se enteró de que lo habían matado de un puntazo en una pelea. Andaba por lugares peligrosos, cuchitriles de mala muerte. Ella no sabía para donde ir. No tenía un peso, todo se lo quedaba el malnacido ese. Se dijo que quería volver pero temió que su hijo la odiara. Sin poder evitarlo volvió, con el laburo más viejo de todos pero volvió. El pueblo no se había olvidado de ella porque era un pueblito chico, se conocían todos y los jóvenes se estaban yendo y nadie venía para quedarse.

- No le pasó nada a Ernesto -, me atreví a decir. Julio todavía no había recuperado el habla. Ni pensar podía, se ve, habiendo estado apunto de hacer lo que habíamos ido a hacer. Aníbal no estaba mucho mejor. Solamente asentía con la cabeza a lo que yo decía, mudo. La mujer suspiró y se tapó la boca con una mano para no soltar un lamento, ese guardado de dolor por tantos años. Se volvió a acomodar el deshabillé transparente, avergonzada, y miró al piso. 

- Bueno..., no se vayan. Quiero que me ayuden a buscar a mi hijo -, nos dijo. Y como queriendo salir del incómodo momento, que en verdad no tenía salida, agregó: - Ufff, no cambiaron nada. Bueh…, están más altos, sí, pero todavía son esos chiquitos que se quedaban a tomar la leche con Ernesto. Ya vengo eh, no se vayan… -. Cerró la puerta y se volvió a escuchar la canilla y luego el ruido que hizo la mujer al sonarse la nariz y quitarse la pena.


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