La mujer tejía sentada en la mecedora de la sala. El ovillo de lana azul marino rodaba en la canastilla a sus pies. La aguja Nº5 iba y venía entre sus dedos, tejía y tejía. Su marido había partido a la guerra. El llamado no había sido inesperado. A todos los hombres de edad pertinente los habían reclutado para marchar en las filas del ejército. Se necesitaban fuerzas numerosas para combatir al enemigo Él no quería dejarla pero no había tenido elección. Se habían casado hacía poco, muy poco. Todavía estaban viviendo ese romance de 'luna de miel'. La casa pequeña pero propia, los sueños recién bordados, los besos todavía tibios al igual que las sábanas... Pero la carta llegó y él hizo la maleta y se marchó, dejando medio corazón en la ciudad, en el hogar, en la espera…
Las agujas seguían danzando en ese frenesí de la esposa que las movía sin titubear, sin equivocarse y con absoluta dedicación. Madejas azul marino esperaban ser ovilladas en la canasta mientras noticias poco alentadoras llegaban, sin embargo, tres cartas descansaban en su mesita de luz. Él estaba bien, cansado pero bien. Aun había esperanza de vencer, o eso pensaban. La noche llegó y las estrellas iluminaron ambos cielos, el de ella y el de él. El ovillo descansaba en la canasta, las agujas se contaban sus secretos y luego suspiraban antes de dormir. Un sueño alentó a la esposa, lo vio cruzar el umbral de la puerta y ella se arrojó a sus brazos. Luego, el sol se posó en su rostro a través de las cortinas y despertó.
Una cuarta misiva llegó. El ovillo y las agujas contuvieron el aliento. La mujer salió, caminó hasta el buzón y regresó con el sobre y la mirada fija en el aire, en la nada. Colocó la carta sobre la mesa de luz junto a las otras, sin abrirla. Volvió a la sala y retomó el tejido. Sin equivocarse, punto tras punto el tejido vivía, respiraba y esperaba como ella. Llegó la noche, y luego otra y otra más. El hilo azul no perdió su color ni las agujas su tintineo. La esposa nunca leyó palabras que no necesitaban ser leídas. Ella tejió y tejió el pullover que nunca nacía, se había quedado dormido en sus manos, en sus sueños y en las sábanas tibias. Lo que nadie sabía era que el ovillo y las agujas lloraban de noche cuando ella dormía.

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