Camino por la calle ruidosa. Los autos pasan apurados en su marcha cotidiana hacia el después. El sol calienta el asfalto y los cristales de las ventanas junto con infinidad de otras cosas. Yo sigo caminando. Mis pensamientos en el trabajo, en los quehaceres que me esperan en casa, en mi familia y en mis sueños.
El viento suave de la tarde primaveral sopla con delicadeza alborotando placenteramente mis cabellos libres. Las hojas verdes de los árboles y los pétalos de los arbustos en flor claman por una lluvia vespertina para refrescarse. Las nubes los han oído y ya planean su travesura.
En medio de los destellos de luz que se filtran por los grises y blancos de los algodones veo una foto que se escabulle por entre las hojitas de un ligustro. Me agacho para alzarla. Veo que es una foto mía. No reconozco el lugar donde fue tomada. Es una playa... No, es la vera de un lago... No, es cerca de una montaña… ¡Es mágica! ¡El paisaje va cambiando!
Guardo la fotografía en mi bolsillo y maravillada me sonrío. No pienso en nada, no puedo. Solo puedo sonreír y disfrutar del momento. Mis pasos son ligeros. Me llevan danzando por la vereda hacia adelante en este hermoso presente.. De pronto los ligustros crecen y se transforman en árboles; las casas se corren y dan paso a un bosque.
Ahora veo una pequeña cabaña muy acogedora. Las cortinas de las ventanas me encantan, son claras y simples y ondean con el viento. Me siento atraída por el lugar y decido entrar. Ya no se oyen autos, ni motos ni nada mecánico, solo oigo el cantar de las aves que se posan en las ramas de los árboles que me rodean.
El paisaje es encantador. La brisa del viento trae hasta mí un aroma a jazmín que me deleita. Miro las flores del jardín delantero, son preciosas. Hay tantas clases de flores que no puedo contarlas, son un despliegue de color infinito. La puerta de la casa se abre y me da la bienvenida. Todo lo que hay dentro me gusta. Es como si la hubiera decorado yo misma.
Me siento en un silloncito muy cómodo que está en la sala, frente a una estantería poblada de libros. Cerca hay una pequeña mesita ratona, sobre ella una taza de chocolate caliente y galletas de vainilla descansan en descarada tentación. De pronto, me acuerdo de la foto. La saco de mi bolsillo y veo que ya no soy la de foto. ¿Quién es que se ve reflejada?
Veo en la imagen a una señora mayor con canas y una enorme sonrisa, de fondo está la misma cabaña en la que me encuentro. Me reconozco ahora, quien posa en la foto soy yo dentro de unos años. Mi marido, también canoso, se acerca a mi en la foto y me abraza. Mis dos perras llegan corriendo y se nos cuelgan de las piernas para ir a jugar. Sentada en el silloncito me tomo el chocolate, como una galleta y elijo un libro.

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