Sombra y Luz - RELATO BREVE

Se levantó de la cama dejando hundido el blando colchón. Se calzó las pantuflas y  se colocó lentamente la bata blanca con rayitas azules. Cada brazo se había metido en la manga con una pereza llamativa, como si les costara moverse o existir.

Don Julio había enviudado hacía unos años y así era su rutina. Con pasitos arrastrados se dirigió a la cocina para prepararse un té. Puso la pava, quiso encender la hornalla con el ‘magiclic’ pero no funcionó; tuvo que buscar los fósforos del último cajón de la alacena. 

Tomó la infusión despacio, tanto que se enfrió antes de terminarla. Unas galletas marineras habían sido la única guarnición del plato. Más tarde fue hasta la habitación y se cambió sin prestar atención a las prendas que eligió para vestirse. 

Una salida obligatoria a la panadería y al chino para comprar la comida del día. No hacía la compra de la semana, había que cuidar el 'mango', cobraba la mínima y además era la excusa para salir al mundo, dejar la casa que, aún, olía a ella.

Las persianas a media asta., el noticiero de fondo y el silencio atronador en las horas de siesta y en la noche. La oscuridad lo rodeaba intentando abrazarlo, él se escapaba apenas en aquellas salidas diarias. Los vecinos que lo cruzaban en la calle lo veían caminar despacio y encorvado, con cara de pocos amigos. No se saludaban.

Un día, una muchacha veinteañera se mudó al PH de al lado. Julio miraba a través de las rendijas de la persiana el ingreso de los muebles. '¡Cuánto color! ¡Qué lindo!', se admiraba. Una chispa de alegría lo invadía brevemente. Luego, al volver a su sillón, la chispa se dormía en su pecho.

Pasadas unas semanas, una noche en que arreciaba una fuerte tormenta, se cortó la luz. El suministro de energía llevaba varias horas cortado cuando el anciano se quedó dormido en la oscuridad de la noche, con sus pensamientos danzando en su ir y venir de recuerdos.

A la mañana siguiente todo seguía igual. Los veranos eran así en muchos barrios de Buenos Aires, cortes de luz por una pobre infraestructura que no soportaba el consumo masivo de aires acondicionados, ventiladores y demás artefactos. Levantó las persiana y el día nublado se metió en la sala.

Por la tarde salió a comprar. El chino, con el grupo electrógeno andando; la panadería no tenía. Compró pan. Las tortas de derretían en la vidriera. ‘¡Qué desperdicio!’, pensó. Arrastrando los pasitos volvía para su casa. No se percató de que la nueva vecina lo miraba. Entró y se quedó sentado abanicándose con el diario entre el mudo silencio y el calor agobiante.

Medio dormido, por el sopor del calor y el aburrimiento, se despertó cuando oyó que golpeaban la puerta. La muchacha de al lado se había acercado con un paquete en las manos. El hombre la reconoció y le preguntó qué necesitaba. 

- ‘Hola, Soy Felisa. Me mudé al PH de al lado hace poquito. ¿Cómo es su nombre?’.

- ‘Julio’, contestó él sorprendido y sin saber qué agregar.

- ‘Hola Julio, un gusto. Estaba pensando que desde ayer estamos sin luz y quería saber cómo estaba. Yo me fui a lo de mi mamá a comer y a bañarme. ¡Qué incómodo todo esto! Más que nada por la comida, vio. Veo que todo sigue igual'.

- ‘Si, terrible’.

- 'Le traje algo. ¿Puedo pasar?'.

El hombre, aunque sabía de los casos de inseguridad, confió en la voz y los ojos de la chica.

- ‘Pasá.’, le dijo mientras le abría la puerta.

Ella depositó sobre la mesa del comedor unas velas, unos sanguchitos de miga y una botella de jugo fresco. Paseando la mirada por la sala vio una foto de una señora muy mona y luego otra donde estaba ella con un Julio muy joven.

- ‘¿Su esposa?’, preguntó Felisa señalando con un gesto de la cabeza.

- ‘Si, Estela.’, contestó él y luego carraspeó por la emoción.

- 'Perdí a mi abuela por Covid hace unos meses.’, dijo la muchacha y el hombre se compadeció. No se le había ocurrido pensar en las pérdidas de los demás. 

- ‘Sentate.’, le dijo señalando las sillas del comedor. - ‘Lo siento mucho, querida’.

En ese instante, la luz volvió a funcionar. 

Una tibieza creció en el pecho del hombre, mientras una liviandad comenzaba a abrazar su cuerpo gastado. Tomó un vaso del jugo que estaba delicioso y comió un par de sanguchitos, la muchacha hizo lo mismo. Una charla comenzó aquella tarde y siguió en días venideros. 

Las persianas de Julio ahora estaban levantadas del todo y en las tardes de siesta salía al patio a leer bajo el sol. Felisa venía domingo por medio a tomar mate con torta fritas que le hacía la madre y ambos disfrutaban de la mutua compañía y de la vida.

A veces no hace falta que la llama de la vela esté encendida. Hay otras luces que iluminan más hondo, más tibio y de manera más sanadora.


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