Compró el periódico de costumbre y se dirigió a la panadería por unas figacitas de manteca. Ya provisto con la compra regresó a su casa. Depositó el diario en la mesa del comedor y puso la pava con agua para el mate.
Se sentó a la mesa a leer las noticias mientras las agujas seguían con su recorrido habitual, aunque ningún segundo era jamás igual a otro. Tic -tac, apenas se lo oía con los ruidos que provenían de la calle, los bocinazos, los ladridos y las risas.
Con los lentes apoyados casi en la punta de su nariz se sobresaltó cuando leyó su nombre en un artículo. Se acomodó en la silla y se quitó los lentes. Se acercó la página a los ojos lo más cerca que pudo y pestañeó.
Nada. No había cambios, su nombre seguía allí, impreso en aquella tinta negra tan formal, tan conocida y a la vez tan increíblemente desequilibrante. Salió de su estado de shock cuando lo aturdió el sonido del silbido de la pava que se quejaba del hervor que la poseía.
El hombre se incorporó y apagó el fuego de la hornalla. Volvió a la silla raudamente sin darle importancia a su rito mañanero del mate. Se calzó los lentes nuevamente y leyó: Arquímedes Tomasso podrá hacerse acreedor de una fortuna si puede comprobar su parentesco con Don Orestes Tomasso, recién fallecido.
Se quedó estupefacto, pues si bien sabía que aquel era el hermano de su madre nunca había tenido relación con él. Había vivido toda su vida en Argentina y aquel pariente 'lejano' nunca había dejado su Italia natal. Se decidió a buscar los documentos que acreditasen la relación entre ellos y comenzó a buscar en las cajas que guardaba en el altillo.
Después de varias horas, cajas abiertas y papeles desperdigados por el suelo no había podido encontrar nada. La búsqueda había sido infructuosa. Se lamentó. Era una gran oportunidad para saldar deudas, ponerse al día y quizás también fantasear con un viajecito por Europa. Lamentó la situación pero como no era ambicioso se dio por vencido ahí mismo.
Dispuesto a enviar una carta a la dirección que figuraba en el anuncio del periódico de aquella mañana repasaba en su mente la respuesta. Tenía intención de preguntar si sería posible presentar alguna prueba de DNI o algo por el estilo para poder acceder al legado de su difunto tío abuelo. Cansado se durmió sin ninguna idea potable.
En medio de la noche un ruido lo despertó. Abrió los ojos como platos pues se había sobresaltado. Su casa era muy silenciosa de noche. No tenía vecinos ruidosos ni tampoco mascotas que perturbaran la quietud de la noche. La soledad que lo rodeaba era su única compañía, feroz pero fiel.
Por primera vez oyó el tic-tac del reloj de la sala, fuerte muy fuerte. Ecos salían de sus entrañas perforando el aire silencioso del ambiente. Entonces lo vió. Un cuadro donde había una foto de su madre y el tío en un agreste paisaje italiano estaba caído en el suelo. Los vidrios rotos. La foto a medio salirse del marco.
Se agachó para levantar la foto y en el intento de agarrar los cristales rotos se cortó el dedo índice de la mano izquierda. una gota cayó en la fotografía y se apuró a recogerla para limpiarla. El índice señala, la sangre es la familia, la foto muestra las raíces. Dio vuelta la foto un sobre amarillento se asomó, dentro, halló los papeles que acreditaban el parentesco con ambos.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Arquímedes Tomasso. Gracias mamá. Gracias Tío Orestes. Limpió la foto y la colocó en su mesa de luz. Al día siguiente compraría otro portarretratos. Envolvió los cristales en una hoja de diario. ‘El diario’, pensó. Se acostó feliz por saberse hijo, sobrino y familia. Se le había ido el sueño pero al menos ya tenía en mente la respuesta para enviar a Italia.

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