Vorágine - RELATO BREVE

 

Comenzó el día como tantas otras veces. Se incorporó, tomó una ducha, se vio al espejo, se cepilló los cabellos, los dientes y maquilló su rostro con colores suaves. Una taza de café le había reanimado el cuerpo levemente y sus pupilas se dilataron un poquito más; el sol que la sorprendió detrás de la puerta, sin embargo, la despabiló como una cachetada de energía pura.

Sus tacos herían paso a paso las baldosas y la hojarasca parecía hacerse a un lado para abrirle paso. El rodete no se bamboleaba porque estaba firmemente sujetado; un par que horquillas hacían su magia. Los lentes, modernos de marco negro, le daban un aire intelectual y serio y el maquillaje impoluto la hacía ver todavía más profesional.

El trajecito gris oscuro de corte impecable y la fina tela de la camisa blanca se ajetreaban en espejo a los movimientos que ella hacía. La cartera negra con cierre dorado custodiaba fielmente la billetera, el celular, las llaves, el perfume, los pañuelos de papel y el estuche de los lentes. Un lápiz de labios se había colado a último momento para resucitar luego en los labios de la empresaria después del almuerzo.

Pasadas las dos de la tarde, ya volviendo del restaurante donde almorzaba a menudo, se paró en la esquina a esperar que el semáforo cambiara y le diera paso. Los ojos de la mujer detectaron el verde naciente en el artefacto y estaba a punto de bajar a la calle cuando un auto que circulaba a toda velocidad mordió el charco que yacía bajando el cordón y la salpicó de arriba a abajo, por completo.

Saliendo del estupor que aquello le había causado, se quitó los lentes para limpiarlos pero vio que era imposible; el papel tisú solo arrastraba el agua negra por todo el cristal. Ni hablar de la ropa que, humillada, pugnaba por salirse de su cuerpo para esconderse en el lavarropas. A punto de soltar un improperio quiso contenerse pero fue en vano. “La rep….. que te re……, bol....!", gritó y los demás transeúntes soltaron una carcajada.

Ella no le dio importancia a la reacción de los otros. Se retiró del cordón hacia la parte mas alejada de la acera, sacó el celular de la cartera y llamó a su oficina. La secretaria la atendió con el saludo monocorde que ella conocía muy bien. “Soy yo, Sofía. Cancelá todas las reuniones que quedan para hoy, por favor.”, le dijo con tono calmo pero imperativo, “Está bien, señora”, respondió la muchacha, y la mujer cortó enseguida. 

En el viaje en auto hacia su casa puso su tema favorito a todo volumen. Cantó y rió acordándose del insulto que le había prodigado al pelmazo que la había ensuciado. Ya en su casa, en la cama, recién bañada y envuelta en su bata lila, miraba una película relajada como hacía mucho no lo hacía. La frase “No hay mal que por bien no venga” vinieron a su mente, y hasta las mismas palabras se asombraron de su significado ese día donde muchos otros aún seguían presos de la vorágine citadina.


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