Vivía preocupado por todo. Los miedos hasta le quitaban a veces el sueño cuando, con la cabeza apoyada en la almohada, se encontraba mirando con los ojos abiertos de par en par el blanco cielorraso de su habitación.
Lo que podía salir mal saldría mal según Ambrosio, y lo que podía salir mal era mucho, por no decir todo, entonces ya se iba preocupando por saber cómo solucionarlo, o qué otras opciones tenía, etcétera, etcétera. Lo cierto era que su mente ya se había entrenado para preocuparse por todo.
Si no estaba preocupado se sentía raro... ¡Claro! Esa rareza, esa liviandad en el ánimo se llama 'tranquilidad'. Lo que pasaba era que no estaba acostumbrado a pensar en positivo, en dejar que las cosas pasaran sin más,
Hacía tiempo ya que Ambrosio no hacía otra cosa que preocuparse, Vivía esperando que pasara lo peor. Demás está decir que lo peor nunca pasaba. Las cosas sucedían normalmente, digamos, con un mínimo grado de tragedia. Por eso, cuando un suceso lo sorprendió amargamente, algo en él cambió.
No había previsto lo que le estaba sucediendo y eso lo desconcertó. Le causó enojo no haber previsto lo que estaba ocurriendo. Se sintió estafado, por él mismo y se entristeció. Sin embargo todo eso le ayudó a quitase el velo que le cubría la mente, ese que le decía que era mejor preocuparse para adelantarse a los acontecimientos.
Por eso cuando el avión en el que viajaba estaba apunto de estrellarse como consecuencia de los fuertes vientos que arreciaban junto a una feroz tormenta, Ambrosio se prometió que, de sobrevivir, nunca más se preocuparía por aquello que, tal vez, nunca sucediera.

Me encantó
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