La lamparita que colgaba del cielo raso dentro del armario, rodeada de blancas telarañas, se movió cuando suspiré al oír que la puerta se cerraba. ‘Se arrepintieron’, pensé. ‘No vienen a llevarnos’, le dije a los demás. Se escucharon murmullos de duda.
No parecieron aliviarse como yo, guardaban sospechas de que pronto volverían por nosotros. Algunos temblaban, otros sollozaban. No deseábamos irnos, ese era nuestro hogar, no queríamos estar en ningún otro lado.
La verdad es que no le teníamos miedo tan sólo al desalojo sino también al olvido. La puerta se abrió de nuevo y vimos que entraban Mimí y su madre. ‘Llegó el momento’, pensamos, ‘No nos quedará otra que escapar’.
‘A la cuenta de tres’, dije en un suspiro y nos preparamos a correr. ‘A la una, a las dos y …’. La luz se apagó en el momento justo en el que estábamos por huir. El tres nunca llegó. ‘¿Qué pasó mamá?’, preguntó la niña. ‘No lo sé, quedate acá’, respondió la mujer y salió del cuarto.
Al cabo de unos minutos la luz se encendió nuevamente y nosotros nos encontrábamos desparramados en el estante de los juguetes, inmóviles como siempre, esperando a que quisieran jugar con nosotros.
‘¡Aquí están!’, dijo Mimí entusiasmada, ‘Estos van a ser ahora los juguetes de mi hermanito, el que está en tu panza mamá. Le van a gustar mucho y los va a disfrutar tanto cómo yo, vas a ver’. La madre sonrió y acarició los cabellos de la pequeña que no dejaba de sonreír.
De uno en uno nos fue sacando del armario y nos colocó sobre la cuna que, se ve, era para el bebé que estaba por llegar. Nuestros corazones se aliviaron de inmediato y de pronto nos sentimos tan exultantes que tampoco podíamos dejar de sonreír.
Le guiñé un ojo a mis amigos de peluche y me dejé ser esperando que pronto nos llegara el momento de ser los protagonistas en la vida de un niño. La luz se apagó nuevamente pero esta vez era de noche y el amanecer que llegaría no sería igual para ninguno de nosotros.

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