La Abuela Juárez - MICRORRELATO


La cosecha estaba complicada, había sequía ese verano. Los agricultores mostraban sus caras largas de preocupación y no emitían palabra. El usual saludo había sido reemplazado por un gesto con la cabeza, se asentía y nada más.

Las horas parecían días y los días, meses. Cuando la situación parecía preocupar a todos la abuela de la familia Juárez seguía callada, orando con el rosario entre los dedos, cuenta por cuenta, pasaba las bolitas de madera de una mano a la otra.

Los demás integrantes de la familia hablaban de la cosecha y de la sequía constantemente, nada más; ella sin embargo se mantenía serena y mecía en su silla preferida con su rosario entre las manos y una sutil sonrisa. 

Una noche de extremo calor el más pequeño de los niños se acercó a la abuela y le preguntó: “¿Abuelita, porqué sonríes?” y ella le respondió, “Porque la lluvia no tardará en llegar”, y el niño feliz fue saltando y corriendo a contárselo a los demás.

“La abuela está grande Tomy, no hagas caso, es solo una expresión de deseo”. A lo que el niño contestó, “Yo le creo”, “¿Y por qué le crees?”, “Porque, lo vi en su sonrisa, Pa y en sus manos”, “¿Qué tiene en sus manos la abuela?”, “Tiene fe, papi”, respondió Tomy.

El hombre se preguntó cómo sabía el pequeño lo que era la fe y antes de que pudiera preguntárselo, las nubes que se venían avecinando, se tornaron oscuras y amenazantes y de ellas brotaron enormes gotas de lluvia. Lo de la fe seguramente se lo había enseñado la Abuela Juárez.


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